wicca

¿Cómo llegué a la Wicca?

Es muy curioso, porque llevo escribiendo en 13 lunas ya más de 6 años, y nunca, jamás, he hablado de cómo llegué a la Wicca. Es algo que doy tan por hecho que nunca me paro a pensarlo.

Yo crecí en un hogar católico y estudié hasta los dieciséis en un colegio de monjas, aunque era un hogar católico con una particularidad. Como muchos sabréis, mi madre es tarotista, pero también es médium y fue como ella empezó. En mi casa era común escuchar historias de difuntos que venían a visitar y a despedirse después de fallecer, y de abuelos perdidos que hacían acto de presencia fantasmagórica para advertir de enfermedades graves. Podríamos decir que la noción de lo sobrenatural formaba parte de mi vida cotidiana, tanto, que ni siquiera me impresionaba a pesar de ser muy pequeña. Cuando tenía 8 años, mi bisabuela le dio a mi madre una vieja baraja de Tarot Balbi que le habían regalado años ha, pero que nunca había utilizado. Mi madre manejó la baraja con bastante habilidad desde entonces. Yo me pegaba a ella y la miraba echar las cartas durante horas y horas. Los niños son esponjas y, la verdad, aprendí muchísimo en aquella etapa. Con 14 años fui ahorrando de mi paga semanal hasta conseguir 2000 pesetas de la época (ahora serían 12 euros, pero en aquel momento era un buen dinero) para comprar mi primera baraja propia, una Rider-Waite. Me la llevaba al recreo y les echaba las cartas a mis compañeras de curso, a cambio de 100 pesetas por tirada. Sin embargo, no era wiccana, ni pagana, ni nada: si acaso, era agnóstica.

Durante esos años me dio por estudiar Astrología, me compré una buena colección de libros y me pasaba días enteros, especialmente en vacaciones, leyendo sobre este tema. De ahí pasé a practicar magia de una manera muy rudimentaria. Siempre digo que hay que ser muy específico con lo que se pide al Universo, porque te lo va a dar, pero si no eres específico quizá no sea lo que quieras exactamente. Fue una lección que aprendí en aquella época.

Luego de aquello, mis lecturas se fueron diversificando y, un buen día, recién empezada la Universidad, mi mejor amiga me recomendó un libro que a día de hoy no me parece nada de calidad literaria, pero que fue el primer tomo en el que yo leí la palabra “Wicca”: Brida de Paulo Coelho. Aquella misma Navidad, casualidades de la vida, mi madre me regaló un libro sobre Magia en la Historia, y fue ahí, en el capítulo titulado “Las brujas de hoy”, donde supe qué era la Wicca realmente. Ya existía internet, y yo había sido usuaria de la misma desde el año 97, pero siempre que había buscado Wicca en la red me topaba con gente muy rara, como una supuesta “Reina bruja” que cobraba y te dejaba tocar su athame y cosas así. El cambio que supuso aquel libro fue muy positivo.

Tengo la grandísima ventaja de ser bilingüe, entonces cuando me dio por buscar información en inglés, me encontré con Todo, así, en mayúsculas. Toda la información buena estaba en inglés. En español, en aquel año 2001, había tres páginas mal contadas, en las que se decían monerías como que los alejandrinos eran unos copiones de los gardnerianos. Me metí en un par de grupos de MSN, un par de listas de correo de Yahoo, y ya está. Creo que por aquel entonces no era ni Harwe, ni siquiera recuerdo qué nick usaba, pero sí recuerdo que Silver Ravenwolf causaba verdadero furor.

Con el tiempo, el interés fue creciendo y cada vez iba practicando más, hasta llegar 2003, que fue cuando entré en los Correllianos a través de witchschool.com. Esa página la encontré porque creo recordar que busqué en google (que empezaba como buscador en aquel entonces) algo sobre brujería en inglés, y google ads, que ya existía en aquel tiempo, tenía una campaña de sponsors por la cual iba mostrando las páginas más relevantes que le pagaban por enseñar, relacionadas con tu búsqueda. Y así, entré en aquel portal, me registré y empecé a estudiar Wicca Correlliana. Hasta hoy.

De todas formas, mi proceso de “wiccanización” fue paulatino, porque yo consideraba que había luchado mucho por mantenerme neutral con respecto a las religiones, especialmente porque las monjas del colegio habían sido muy machaconas con el tema religioso. Me habían intentado captar para que fuera monja unas cuantas veces, porque mi sentido de Dios sí que existía, pero no quería vincularme a una religión estructurada y que necesitaba tanto de mí como para que yo abandonara toda mi vida por un Dios. De ahí que me costara un par de años asimilar que me había vuelto religiosa, sólo que en otra Fe. Digamos que ese par de años estuve viendo si ese camino religioso era para mí. Podría decir que fue muy meditado y muy consciente.

Ahora queda la segunda parte de todo esto. Cuando ya me convencí de que era wiccana, ¿cómo le dije yo a mi familia que había cambiado de religión?

Mi novio de entonces, con el que llevaba un año, lo supo casi al momento. No le gustó nada. ¡Pero nada en absoluto! De hecho, afectó a la relación. Mi madre lo supo relativamente rápido, pero sí es cierto que fui racionando la información porque ella, aunque es bastante abierta de mente, puedo entender que quisiera criarme como católica y que este cambio fuera demasiado duro, porque un cambio de religión no es moco de pavo, especialmente cuando existen ciertas expectativas para con tus hijos. Mi padre pasó del tema olímpicamente. Mi abuela materna, que me crió, que entonces la pobre estaba ya con síntomas de Alzheimer, lo supo pero lo ignoró bastante. Creo que mi familia de sangre se lo tomó bastante bien, al igual que todos mis amigos salvo una amiga muy cercana, a la que todo esto le dio bastante miedo, según me contó otra amiga común.

Considero que yo quise salir del armario de las escobas demasiado pronto, o de una forma demasiado forzada. En ocasiones me expuse mucho, y la religión es un tema muy delicado y muy personal como para hablarlo con cualquiera. Además, España en 2003 no era la España de 2016. A veces, cuando decía abiertamente la religión que tenía, la gente se pensaba que los pretendía “evangelizar”, porque el referente mayor de religiosidad alternativa eran los Testigos de Jehová, que tienden a eso. La mayor parte de la gente no tenía Internet, no existían los smartphones, google estaba empezando, las redes sociales no se estaban ni montando, y el acceso a la información no estaba tan universalizado como ahora, así que al decir “Wicca” mucha gente entendía “Ouija” y eso no les gustaba. No existía la posibilidad que tenemos hoy, de decir “si quieres saber más sobre mi religión, busca en google, se escribe así y tiene su propia página en Wikipedia”. Por aquel entonces era muy difícil convencer a la gente de que lo que hacías no tenía nada que ver con la Ouija, ni con los rituales de sangre o prácticas consideradas negativas.

Y bueno, ésta es mi historia, que no es corta precisamente. Muchos tendréis historias parecidas, algunos estaréis empezando, otros ya llevaréis tiempo… pero, en cualquier caso, todos tenemos un pasado y todos venimos de algún lugar. Nunca está mal repasar lo que nos ha traído hasta hoy, porque es parte de lo que somos, y yo aprendí mucho de aquellos comienzos, aunque ahora me parezcan muy lejanos.

Quiero enseñar Wicca

La frase de arriba normalmente va acompañada de una mirada de determinación y de un deseo, una vocación, por ayudar a los demás. Es lo que llamamos ser “mentor”. Pero cuando alguien me la dice, normalmente uno de mis alumnos, no sé si felicitarle o compadecerle. En cualquier caso, el apoyo va implícito en mi carácter. Porque yo soy así.

Si en algún momento te has planteado que te gustaría enseñar Wicca, practiques la tradición que practiques, me gustaría compartir contigo algunas de las cosas que componen el día a día de quienes brindamos parte de nuestro tiempo a esta labor. Si no te lo has planteado pero te gustaría saber qué hace un mentor de Wicca, creo que este artículo también te servirá para hacerte una idea.

Funciones del mentor

Un mentor no es un maestro al uso. No se sienta, da la lección mientras los demás toman apuntes y cuando ha terminado se marcha, esperando a que los alumnos le den la tarea finalizada. Ésa es sólo una de las partes de su trabajo. La otra parte es hacer a la gente pensar, y es la más difícil. Normalmente el mentor tiene una relación de 1-a-1 con sus alumnos, lo que quiere decir que tendrá que adaptarse a las habilidades y competencias del estudiante, y hacer que aprenda. ¿Cómo? Muy sencillo: planteándole retos. Haciendo que haga lo que menos le gusta hacer: si una persona no habla en un ritual porque le da corte, tiene que hacerla hablar; si una persona no es capaz de recordar invocaciones, la pone a invocar; si alguien no dibuja bien, hace que dibuje. De nada sirve poner a la gente a hacer cosas que saben hacer bien, así no se aprende.

Hay otra forma de plantear esto: tomando una habilidad que la persona ya tenga y haciendo que la use para llegar a un resultado. Por ejemplo, poner a tocar el violín a alguien que ya toque, mientras medita sobre una Divinidad, colocar una grabadora mientras se toca y observar qué sale. Esto siempre me ha dado mejores resultados con los artistas plásticos, aunque los músicos también tienen mucha capacidad para esto.

El mentor esperará siempre que el estudiante dé lo mejor de sí mismo, estudie y aprenda.

En definitiva, el mentor debe hacer que el estudiante no sólo aprenda conceptos, sino que experimente y vivencie por sí mismo. Que intente pensar, reflexionar, contrastar y luego venga a ti con la pregunta, ya madurada, cuando ya haya estado pensando en el tema.

Qué no hace el mentor

El mentor no da respuestas si están dentro de los materiales de estudio o de los apuntes. Si tú hoy das a una persona la respuesta aun estando en el material de estudio, mañana se habrá vuelto vaga y no buscará por sí misma antes de preguntarte. Asimismo, las preguntas relacionadas con materiales ya estudiados, en mi opinión y desde mi experiencia, deben contestarse con algo parecido “Por favor, revisa los materiales y reflexiona sobre ellos, pues si no me equivoco, eso ya lo vimos. Si no es así por favor coméntamelo y lo vemos”.

El mentor, desde luego, no da respuestas fuera de su espectro de conocimiento. Por ejemplo, por mucho que yo sea iniciada en segundo nivel de Reiki, si no soy maestra de Reiki no voy a dar respuestas relacionadas con esta técnica sanadora a alguien, por mucho que sea mi alumno de Wicca, ya que no estoy capacitada para ello. En este caso se impone la honestidad y el saber que la persona, si está aprendiendo Reiki, debe tener a otra persona enseñándole que sí está capacitada para dar dicha formación. El mentor de Wicca debe ser siempre respetuoso con los profesores de otras disciplinas y con otros profesores de Wicca.

Por último pero no menos importante, el mentor no va a experimentar ni vivenciar por el estudiante. Somos facilitadores, pero no estamos suplantando la función del estudiante ni vamos a aprender por ellos. El estudiante es el responsable total de lo que aprende y lo que vive, mientras que el mentor es un vehículo. No se puede estar detrás de un estudiante para que haga los deberes, medite o solucione sus problemas personales, porque ése es su trabajo. Esa actitud paternalista conduce, de nuevo, a la vagancia y al “dámelo hecho”.

Qué necesitas antes de hacerte mentor

Por supuesto un mentor necesita saber. No se puede hacer de mentor sin, al menos, haber estudiado antes. Hay personas que se sienten cómodas enseñando en grupos eclécticos y para eso no haría falta en principio grados ni iniciaciones, pero si te sientes inseguro con ello, créeme, tus estudiantes lo notarán. Es mejor quedarse tranquilo con lo que se sabe y para eso tienes que estudiar muchos, muchos, muchos años. Incluso revisar una y otra vez los mismos materiales, hacerte muchísimas veces las mismas preguntas a ti mismo hasta que comprendas bien todos los conceptos. Necesitarás mucho espíritu crítico, ganas de investigar y de contrastar información, y una excelente capacidad de reflexión. Para que os hagáis una idea de lo que supone, yo empecé a dar clases como mentora junior hace 9 años tras haberme iniciado en primer grado, y para aprender me llevé un año entero de apoyo a mentores senior, viendo cómo trabajaban. No es algo para lo que te capaciten en dos meses, hay que ser comprensivo con uno mismo porque a esto también se aprende.

En esta labor hay que saber que precisamente por ser mentor a ti no te van a dar las cosas hechas: si decides dedicarte a esto eres tú quien va a tener que contestar a las preguntas de tus estudiantes, y aunque tengas un mentor senior o estés aprendiendo con alguien, tu propio mentor tiene que lidiar contigo y no está obligado a contestar las preguntas de tus estudiantes, porque son tu responsabilidad. Cuando me ha pasado esto con estudiantes míos que son ahora mentores, la respuesta siempre ha sido “date un tiempo para pensarlo”, porque al fin y al cabo es el trabajo de ese mentor y no mía como mentora senior, por mucho que yo a veces ayude.

Por otro lado, necesitas mucha paciencia y mucha adaptabilidad. Paciencia porque te van a hacer las mismas preguntas cien veces, adaptabilidad porque cada persona te va a hacer la misma pregunta por una razón diferente, y tu trabajo es ver por qué se produce esa pregunta y averiguar qué ocurre con esa parte de la información: por qué no se entiende o se entiende mal, qué ocurre normalmente cuando se lee, cuáles son los principales desafíos de los estudiantes a la hora de aprender esa información, etc. Con el tiempo se hará necesario, casi sin duda alguna, una revisión de los materiales y del método de estudio.

En otro lugar está la capacidad para callarte. Muchas veces los estudiantes te cuentan cosas privadas y tienes que ser súper respetuoso con esas cosas porque a nadie le interesa qué problemas personales tiene Fulanito.

Y por último, necesitas ojo y capacidad de toma de decisiones. Lo del “ojo” parece muy obvio pero no lo es: hay varios perfiles de estudiante y tienes que averiguar qué tipo de estudiante tienes delante, porque cada uno tiene una necesidad diferente. Usar bien ese ojo clínico lleva muchísima práctica. Y la toma de decisiones es principalmente para las cosas poco agradables, por ejemplo poner en su sitio a alguien que esté alterando, bien tu propio bienestar, bien el bienestar del grupo de estudio.

Si lleva tanto jaleo, ¿por qué molestarse?

Siendo honesta, nunca me planteé que ser mentora de Wicca Correlliana me fuera a llevar tanto trabajo. Me acuerdo que cuando empecé, Lady Anna (que entonces era mi mentora) me preguntó cuánto tiempo estaba dispuesta a emplear en esto. Yo dije que 5 horas a la semana, pero a día de hoy puedo decir que empleo del orden de unas 20 horas semanalmente, equivalente a un trabajo a media jornada. Es muchísimo y conlleva mucho trabajo, sí, pero engancha. Es cierto que se dice que la gente no lo valora, que van con prisas, que no se lo toman en serio… pues ahí entras tú. Tú eres quien marca la diferencia. Tú eres quien supone que un grado de Wicca (o un curso de Wicca Ecléctica) sea de leerse un libro a algo que hacer con pasión, esfuerzo y tiempo.

Ahí es cuando te enganchas a esto, cuando te das cuenta de que la gente cambia, de que aprende no porque tenga un material sino porque descubre cosas de sí mismo, por sí mismo, que nunca podría haber aprendido leyendo el libro azul de Buckland o cualquier otro libro de cualquier otro autor conocido. La mayor recompensa es ver a la gente iniciarse, o contestar preguntas por sí solos, o ver los caminos que toman luego en sus vidas. Ver que lo que tú has empezado lo continúa otro. Da una sensación de eternidad frente a lo efímero de nuestra existencia, da la sensación de que lo que hoy estás haciendo puede tener una verdadera huella en la vida espiritual de mucha gente que aún está por llegar.

… y los números del 1 al 100

Hoy he leído un artículo sobre “qué debe saber un niño de cuatro años”. No porque tenga hijos de cuatro años, sino porque me ha llamado la atención. Cuando yo tenía cuatro años sabía leer, sumar, restar, los planetas, contar hasta 100 y es posible que hasta 500, no recuerdo bien. Salvo lo de leer, lo demás lo odiaba porque la mayor diversión de mi madre era ponerme a recitar delante de un montón de desconocidos los números del 1 al 100, al derecho y al revés. Tampoco quiero que se me interprete mal: estoy muy feliz de haber sido precoz para la lectura porque gracias a eso leí grandes obras desde muy pequeña, se me estimuló la imaginación y posiblemente se me abrieron muchas puertas cuando llegué a la edad adulta, pero igual que decía de los rituales el otro día, yo no era un mono de feria. Ni un trofeo. No había nada que me hiciera feliz en recitar números, ni en sumar, ni en restar. No había nada que me “empujara” a saber más que el propio hecho de hacerme feliz a mí misma, que era lo que pasaba cuando me leía un buen libro infantil. Sin embargo, el hecho de presumir de ello era algo que me daba mucha vergüenza y que acrecentaba esa timidez crónica que (creedme) todavía arrastro.

Tengo 31 años mientras escribo estas líneas y por tanto hace mucho que dejé de tener 4 años y de recitar los números del 1 al 100, pero sigo viendo los mismos comportamientos, sólo que ahora no son mamás con sus hijos sino paganos con conocimientos adquiridos. Y yo me pregunto, ¿realmente hay necesidad de fardar de todo lo que sabes en público, sin venir a cuento? ¿Contra quién competimos en esto, cuando es un camino espiritual y no una lucha por ver quién es “más mágico”?

No hay competición en esto, no hay carrera. En serio os lo digo. Puede parecer que decirlo es fácil para mí, pero os aseguro que yo también sufrí un momento de ésos en los que tienes que ser más mágico que nadie. Y por otro lado ya he hablado de esto en más de una ocasión, cuando me he referido por ejemplo a la titulitis. He visto gente estudiar no por disfrutar sino por sacarse un título. Me duele por ellos. Creo que se pierden lo mejor, creo que correr, que la prisa en general, es una mala consejera. Curiosamente no soy la mejor para frenar, porque algunos de los que leéis me conocéis y sabéis que me cuesta un mundo pararme, que soy impaciente, que voy siempre con prisa y que ni respiro de lo rápido que hablo. Pero creo que en lo que se refiere a mi camino espiritual (y no estoy hablando de las actividades que monto ni de los posts que escribo porque eso no es mi camino espiritual, sino que me refiero a lo que hago cuando se apagan las luces y me quedo sola en la oscuridad del recogimiento interno, en el útero de mi sencillamente ser) he aprendido, finalmente, a pararme y disfrutar. Un ejemplo de ello, y siempre lo pongo porque hay quien se me embala y ya se imagina que se puede sacar los tres grados de Wicca Correlliana en tres años, es que yo misma, con lo relativamente joven que soy para ser suma sacerdotisa de mi Tradición, tardé 9 años en acabar los tres grados. Y sí, claro, quise correr como mucha gente, pero luego te das cuenta de que hay cosas que llevan tiempo, y que el título no te va a hacer más mágico. Y habrá personas que en vez de 9 se tiren haciendo lo que yo he hecho 12, 15 ó 20 años, porque cada uno tiene su ritmo. Aprender cuál es el tuyo es un arte, para algunas cosas será rápido, para otras, lento. Y como siempre dice un buen amigo, “la paciencia es un grado”, sobre todo cuando tienes que aplicártela a ti mismo.

Estoy orgullosa de haber hecho todo eso y de seguir embarcada en un camino espiritual porque está siendo un esfuerzo y superarse siempre mola, pero no es un trofeo sino un logro. No es un niño de cuatro años al que hacer recitar los números del 1 al 100 al derecho y al revés. Creo que deberíamos, en general, plantearnos si es bueno aplicar la alta competitividad de nuestra sociedad también a nuestra vida espiritual. Para mí, le quita mucha chicha, lo deja vacío y falto de reflexión, y acrecenta ese mito al que llamamos progreso, al medirnos por lo que sabemos, por lo “avanzados” espiritualmente que estamos porque “sabemos mucho”. Para mí, los conocimientos y habilidades, sin vivencia, al final quedan en papel mojado.

El camino elemental

He escrito esta entrada a partir de mi propia experiencia con los elementos, y nótese que lo hago desde una perspectiva totalmente personal. No quisiera sentar cátedra con mis afirmaciones, porque responden a vivencias en el camino de una Wicca tendente al chamanismo y al trabajo elemental.

 

Caminamos la senda de los cuatro elementos más el espíritu en nuestra vida diaria. Somos aire, fuego, agua y tierra, animados por el espíritu divino, y sin embargo en general casi todo el mundo coincide en que caminar esa senda de los elementos es difícil. Me pregunto por qué puede ser tan difícil andar una senda de elementos, cuando elemental también significa básico, y siendo como somos seres materiales. Espirituales también, pero por un momento percatémonos de la existencia tangible que consideramos “material”, esto es, de nuestra vida como humanos.

Metafísicamente se dice que los elementos tienen unos significados dados. El aire es la inspiración (inspirar es una de las fases de la respiración, de hecho), el fuego es la manifestación, el agua el sentimiento y la tierra suele ser la sabiduría y la integración de lo aprendido. Pero también tienen emociones e incluso momentos vitales. Afortunadamente no somos de un solo elemento, aunque cualquiera que estudiara una carta astral podría decir que una persona es pura agua o puro fuego. La realidad es distinta, tan distinta porque una persona por ejemplo muy fogosa  astrológicamente sigue teniendo un 70% de agua en su cuerpo. Decir que un elemento abunda en una persona es como decir que todos abundan porque todos están en todo. Incluso en las ciudades y en los edificios, ¿o es que tu casa no está hecha de un material transformado a partir de materias primas asociadas a un elemento en la naturaleza?

Caminamos el sendero elemental guiándonos por libros, y no prestamos atención a las cosas más sencillas. ¿Por qué no escuchar al agua cuando nos expresamos en términos de sentimientos? Decir “te quiero” es algo muy acuático por definición. Decir “no” es poner un límite, es defenderse, podría considerarse tierra o, mejor aún, puro fuego. El aire está en medio de todo: las ideas que tenemos son aire, son intangibles hasta que decidimos que ha llegado el momento de hacerlas realidad.

Tras valorarlo un poco, puede que consideres apasionante este mundo elemental. En ese caso, no sé si compadecerte o felicitarte. Centrarse en un elemento cada vez tiene sus pros y sus contras, pero suele ser la técnica más utilizada y más eficiente. Las cosas que se sacan del camino elemental son siempre muy extremas porque así son los elementos en su estado puro, porque normalmente se va recorriendo un elemento cada vez, estudiándolo con y sin libros, notándolo en tu vida diaria. Viendo qué hay de cada elemento en ti mismo. Los resultados pueden ser sorprendentes y no dejan indiferente a nadie, y para ello no suele haber más guía que tus ganas de viajar entre elementos, de flotar en mitad de la nada o bucear en lo más profundo de tu ser. Ganas de desaparender lo que has aprendido durante muchos años de mentiras, de “no puedo” y de “no sé”. Años de estar en desconexión con tu propio ser material, que al fin y al cabo y por la unión de los elementos no es más que tu ser espiritual.

También puede resultar que centrarte en ese elemento te lleve a descubrir otros elementos dentro de ti mismo. En mi trabajo más intenso como Sacerdotisa del Mar me he encontrado con mi propio fuego mientras buceaba en lo más profundo de mí misma, lo que en palabras de una buena amiga es “un volcán en erupción que está en lo más profundo del mar, y que no se apaga ni con la más helada de las aguas”. Mensajes así le hacen a uno comprender qué es y cuáles son sus propósitos.

Al final, el camino de los elementos es un camino de decisiones. La unión de todos ellos conforma el espíritu, y todo eso es tan material y tan “elemental”, tan básico, que lo hemos olvidado. Aprendemos que lo elemental no tiene validez, que la toma de decisiones es una cosa que queda postergada a circunstancias ajenas. El zen no es para el camino elemental. Es un camino básico, un camino que para los niños resultaría sencillo, pero que para los adultos se hace cuesta arriba porque durante muchos años nos hemos repetido frases muy bonitas que nunca han valido para nada, que nunca nos han enseñado que el libre albedrío y el propósito en esta vida ya estaba dentro de nosotros, ya los teníamos por ser partes de esos elementos. Venimos equipados “de fábrica”, lo que está en nuestras manos es reivindicar el derecho de pasar a la acción para ser, mediante la interacción elemental, realmente conscientes de nuestras vidas. En el camino elemental la inacción es simplemente otra excusa más.

 

 

Conectando con los ciclos

A veces se antoja extraño que en un mundo urbanizado, que persiga el mito del progreso sobre todas las cosas, haya personas que vuelvan a la tierra y a las creencias paganas como modo de entender su relación con el mundo. Pensemos en un momento qué supone para un urbanita medio (ya que la mayoría de la población del mundo vive en ciudades) vivir en un mundo como el nuestro. Nos levantamos por la mañana, tomamos un desayuno rápido (si tenemos la suerte de desayunar con tiempo), nos envolvemos en una ropa que, especialmente con el frío del invierno, poco nos deja ver de nuestro entorno, y nos entregamos a la obligación diaria para volver al hogar unas horas más tarde tal como salimos.

Esta interacción con el entorno es nula: nuestro contacto más directo con el ambiente es la sensación de frío o de calor, el ver la luz a determinada hora o el ir vestido de una forma o de otra. Con este ir y venir de obligaciones, de falta de ocio o de ocio obligado, algunas personas se preguntan si no serán sus vidas un sueño en el que todos los días son iguales…

Es aquí donde entra la importancia del ciclo, el tener algo que celebrar, una vida que vivir. Ahí es donde las creencias paganas nos devuelven a la vida: a la sensación de estar haciendo algo más que dejarse llevar por la corriente, a despertar a la vida y a tomar las riendas de nuestra propia existencia.

Nos hemos olvidado también de que nosotros mismos somos seres naturales, nacimos de la naturaleza y no podemos vivir sin ella. Una de las maravillas que más han sorprendido a la humanidad, desde los albores de los tiempos, ha sido la naturaleza y su funcionamiento. Observar sus ciclos no sólo es natural, sino que resulta también esencialmente humano.

Concretamente la Wicca tiene mucho de conexión con el entorno: se tienen unos sabbats y unos esbats que se celebran para conmemorar estas festividades, para ayudarnos a conectarnos con esos ciclos, para hacernos partícipes del ciclo vital. No obstante, hay personas para las que esto puede suponer relativamente poco y que necesiten actividades especiales y complementarias para sentir ese paso del tiempo, para celebrar que seguimos vivos, sin necesidad de tener que desplazarse al campo, y que sean un complemento a la celebración de esos ritos. Como por ejemplo:

moon-2– Buscar una ventana al Este desde casa y observar la salida del sol y la salida de la luna. Si el baño de nuestra casa tiene una ventana al Este y no hay vecinos enfrente, darnos una ducha mientras nos bañamos en los rayos de la luna.

– Dar un paseo bajo la lluvia. Aunque recordemos que será necesario quitarnos la ropa empapada y darnos una ducha al llegar a casa.

– Darnos un baño o limpieza relajantes en luna menguante.

– Realizar limpiezas en profundidad de otoño o primavera como forma de renovar la energía del hogar. Están especialmente indicadas cerca de Mabon y Ostara. Sólo necesitaremos un cubo, una fregona, bolsas para deshacernos de lo roto/no usable, y bolsas donde guardar lo que vayamos a donar a la beneficencia.

– Realizar limpiezas del hogar cada luna menguante.

– Regar las plantas, hablar con ellas y plantar semillas al inicio de la primavera o inicios del otoño.

– Meditar antes de irnos a dormir y/o al despertar. Hacer una pequeña plegaria o un agradecimiento por cada día de nuestra vida.

– Fijarnos en la hora de la caída del sol, anotar semana a semana cuáles son los sutiles cambios que notamos en la cantidad de luz que recibimos.

– Dar un paseo, ser conscientes de lo que nos rodea, de la sensación de ir andando.

– Observar los árboles de la ciudad, preocuparse por su estado. Observar cuándo tienen lugar las podas en el lugar donde vivimos.

– Si eres mujer y estás en edad fértil, observar en qué fase de la luna tienen lugar aproximadamente tus ciclos menstruales.

Y sobre todo, ¡miremos al cielo! Nos ponemos alarmas, widgets y avisos para indicarnos en qué momento del ciclo lunar o solar estamos, y nada de eso hace falta. El cielo, el paso de las estaciones, en definitiva la naturaleza es la mejor alarma de todas. 

 

Fuente: http://www.brigit.es

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