Iniciación

Sacerdotes, brujas y servicio a la comunidad

High-Priestess-FULL-BLEEDHe leído un artículo en un blog de, aparentemente, reciente creación (para los que habláis inglés, el artículo está aquí) en el que el autor comenta cuáles son sus 13 principios de la práctica de la brujería. Con algunas cosas estoy de acuerdo, con otras no, y con respecto a un tercer grupo no tengo opinión porque el autor tiene un contexto cultural e iniciático diferente al mío. No obstante, ha habido un párrafo que me ha llamado la atención especialmente. Traducido al español, dice así:

Que sea un/a brujo/a o incluso un líder de coven no implica necesariamente que yo tenga que ser un pilar al servicio a la comunidad o al de alguien. Estoy al servicio de los dioses y los espíritus, y de las personas que éstos me otorgan para ayudarme, pero no al de todas las personas que me paren en la calle o me manden un email. Un coven, o al menos un coven tradicional, se reúne en secreto, todos sus miembros son iniciados que han hecho un juramento, y trabaja para la protección y el avance espiritual de sus miembros, que son una familia. – http://houseofthemidnightsun.blogspot.com.es/2015/03/my-13-principles-of-wiccan-belief.html, punto 6.

El autor está escribiendo desde su punto de vista (y de hecho el artículo se titula “Mis 13 principios del credo wiccano”, es decir, que son suyos, está dando su opinión), y sin embargo ha resonado en mi interior esa afirmación, esa opinión, con respecto a lo que supone estar al servicio de la comunidad. Los correllianos, por ejemplo, somos muy dados a decir que somos referentes de esa comunidad. Pero pocas veces aclaramos de qué comunidad se supone que se es un referente o, en palabras del autor de la frase de arriba, un “pilar” al servicio de la comunidad. En mi experiencia, sólo se es un referente dentro de tu casa espiritual, es decir, tu coven, tu Templo, tu tradición, tu familia espiritual. Fuera de eso eres un ciudadano como otro cualquiera.

Un amigo mío ha venido a hacer unas cosas a mi ciudad en estos días y se está quedando en mi casa. Es iniciado de otra tradición y le pregunté ayer mientras descansábamos en casa por qué parece que hay una fascinación tan obsesiva con su familia espiritual por parte de algunas personas. Él es muy tajante y muy claro a ese respecto: nunca le han regalado nada, ni le han dejado pasar por delante en un ascensor por ser iniciado de x tradición, con lo cual no entiende cuál es el origen de esa fascinación. Luego me lo aplico a mí misma y digo algo parecido, porque nunca me han dejado pasar por delante en la cola de la frutería por practicar lo que practico. Hay contextos y contextos, y desde luego ser pagano es una cosa y estar en una cola es otra. Para la gente que va por la calle somos otras personas que van andando por la calle, y sólo eso.

De hecho, y esto es algo de lo que habla el autor del artículo al que hago referencia, en realidad no existe motivo alguno para que ser brujo/a suponga ser un referente para toda la población. Tradicionalmente, la brujería ha sido el arte de los apartados socialmente. La gente iba a ver a las brujas y a las curanderas en secreto. Se-cre-to. ¡Estaba mal visto ir a verlas! El referente de la comunidad era el médico, el alcalde del pueblo o el ricachón de turno. La bruja ha sido tradicionalmente evitada en la mayoría de los casos.

En la era de las redes sociales, de la inmediatez, de la publicidad, las brujas de hoy nos encontramos a veces con que necesitamos llevar nuestro papel dentro de nuestra familia espiritual, pero en ocasiones también la demanda es otra. Me apuesto lo que sea a que no soy la única que recibe emails de desconocidos, o peticiones de facebook de extraños, con consultas variopintas de las que, honestamente, no tenemos ni idea porque no estamos en el contexto de la persona que escribe.  Muchos hemos caído en la necesidad de ayudar a personas a las que no conocíamos de nada mediante un hechizo, un consejo, etc. Las razones por las que se hace esto son variadas: necesidad de quedar bien, buenas intenciones, incluso miedo a que te critiquen por no hacerlo. Yo antes era así y me entregaba en cada email que me mandaban con sueños, relatos mágicos y demás, daba mi opinión, daba consejos, etc. Fue curioso darme cuenta de que muchas personas desdeñaban mi opinión, así que probé que, efectivamente, era un referente dentro de mi comunidad pero no fuera de ella. Eso me dio una gran sensación de alivio, puesto que resulta frustrante invertir tu tiempo para que luego lo tiren sin más. Gracias a eso me di cuenta de que a) me puedo estar equivocando al dar mis impresiones porque se trata de un contacto escrito, desprovisto de contexto, b) realmente esa persona no me toca nada, así que que técnicamente es como si me pararan por la calle para preguntarme de qué color encienden una vela y c) hay gente que quiere que les digas lo que quieren oír, y nada más. Así que hace tiempo que me aplico una frase de un cantautor uruguayo llamado Jorge Drexler: “No tengo muchas verdades, prefiero no dar consejos. Cada cual por su camino, que igual va a aprender de viejo” (la canción se llama Frontera, la podéis escuchar aquí). Hace ya bastante tiempo que no doy consejos a gente a la que no conozco, e incluso tengo mis reticencias a hacerlo cuando les conozco.

Las sacerdotisas y los sacerdotes somos quizá referentes dentro de nuestros covens o tradiciones, igual que los terapeutas holísticos son referentes dentro de sus consultas y los profesores dentro de sus aulas. Todas las labores del ser humano tienen un contexto, y en el caso de quienes elegimos con quién compartimos el camino espiritual, creo que también debemos y podemos elegir para quién somos referentes. Esta afirmación, en cualquier caso, creo que no debe estar reñida con la necesidad de algunas personas de trabajar en el ámbito del diálogo interreligioso, igual que habrá muchas personas ahí fuera que quieran invertir su tiempo en dar consejos “porque sí”. No obstante, me parece beneficioso aclarar que la labor de la bruja o el brujo es contextual y que dar consejos al primero que se nos cruce no es nuestra actividad principal para con la comunidad, sino conectar con los dioses y los espíritus, y ayudar a quienes deciden compartir con nosotros su camino espiritual como parte de la misma familia o coven.

Introducción a los ritos de paso

5 ritoHace poco que escribí un artículo llamado “Hacer ritos de paso para otros“, pero no expliqué qué es un rito de paso, en qué consiste y qué tipos de ritos de paso podemos encontrar hoy día en creencias como la Wicca. Siempre he partido de la base de que la gente es inteligente y que sabe qué es un rito de paso, pero por lo que veo aún hay desconocimiento sobre ello. No voy a culpar a la sociedad, sino que culparé a los propios bloggers que escribimos en español: nos centramos mucho en sabbats y esbats y poco en este tipo de rituales que son muy importantes también.

Hablando de forma llana, los ritos de paso se usan para celebrar cambios en nuestra vida. Casi todas las culturas del mundo tienen ritos de paso para diferentes momentos: desde matrimonios hasta la celebración de la menarquía en las niñas, pasando por los funerales y los nacimientos. Suelen ser eventos sociales en los que se simboliza el cambio de status y se anima a la comunidad a ver a esas personas sobre las cuales se realiza el rito como miembros de la misma que han cambiado de estado.

Para que se entienda mejor, en la religión católica, en la que muchos nos hemos criado, algunos de estos ritos de paso se llaman sacramentos. Es necesario aclarar que los ritos de paso en la Wicca no tienen el mismo significado que los sacramentos en la religión católica, en tanto que algunos de esos ritos de paso no convierten a la persona en creyente, como sucede en el caso del Bautismo dentro de la comunidad cristiana. Es decir: aunque existe la presentación o bendición del bebé en una gran cantidad de corrientes wiccanas, ese niño o niña al que estamos bendiciendo no se convierte en wiccano por el hecho de estar bendiciéndole. Tampoco sus padres se están comprometiendo a criarlo/a como pagano/a. Sencillamente, es una bendición para la familia y su nuevo integrante.

En 2006 estuve en un congreso/encuentro/taller correlliano sobre ritos de paso y me enseñaron que dentro de mi tradición existen los siguientes:

Wiccaning o presentación/bendición de bebé

– Hombría y feminidad (espermarquía y menarquía, esto es, comienzo de la vida fértil)

Handfasting o matrimonio

Handparting o divorcio

– Ritual de sabiduría, para las mujeres y los hombres conforme se hacen mayores

– Funeral

– Dedicación

– Iniciación

Si prestamos atención, veremos que hay seis ritos de paso dedicados a sucesos de nuestra vida y dos que están centrados en elecciones de la persona con respecto a su creencia religiosa (dedicación e iniciación). Asimismo, dentro de la iniciación puede haber ritos en diferentes grados. Estos dos ritos se ponen aparte porque en principio sólo se van a dedicar o iniciar las personas que quieran seguir la creencia wiccana. El resto de los ritos no requieren que la persona sea creyente, aunque hay que tener en cuenta que son ritos que están circunscritos a una religión. Por esto, normalmente no se suelen casar a personas que se casarían mediante un handfasting porque consideran que es “exótico” o meramente “simbólico”. Los sacerdotes que tienen dos dedos de frente lo hacen para personas que como mínimo saben qué tipo de rito es, qué tipo de religión es, y que van a garantizar a los creyentes que el ritual no se va a convertir en un circo. Lo mismo sucede con el resto de ritos de paso. Al fin y al cabo, los ritos que marcan fases de la vida tienen un marcado significado social, además del religioso y personal.

En su día hablé del handfasting aquí y aquí, así como hablé de la iniciación en este otro artículo y en este otro. No obstante, me encantaría adentrarme más adelante en los otros ritos de paso, que también son muy interesantes.

Ese concepto BDSM de la suma sacerdotisa

Latigo Hoy, haciendo referencia a un supuesto elemento en el ritual de iniciación con unos amigos en el foro de wiccanos, me he acordado de una anécdota. Hace un par de años recibimos en el Templo un email, cuanto menos, surrealista. Era una persona que quería venir al Templo a servir como esclava o algo así y ponerse a mis pies. La verdad, no sabíamos cómo reaccionar, porque no queríamos hacerle daño a la persona, ni que se sintiera incómoda, ni ofenderla, pero ante todo queríamos aclarar que la suma sacerdotisa es una autoridad dentro del coven pero no ejerce dicha función más allá de los rituales o de la formación que le toque dar. Y que, por supuesto, los compañeros del coven no son esclavos, sino eso, compañeros.

Me extrañó aquel concepto pero lo he visto repetido varias veces y después de eso me han llegado propuestas similares, no tan fuertes pero sí con las mismas connotaciones. ¿De dónde viene ese concepto tan BDSM de la suma sacerdotisa y de la forma en la que ejerce su autoridad? Para los que no lo sepáis, el BDSM incluye una serie de prácticas sexuales, y son las siglas de Bondage (ataduras), Dominación, Sumisión y Masoquismo.

Aventurándome mucho, creo que esta concepción del BDSM wiccano puede venir de la frecuente mención al supuesto látigo, que tantos ríos de tinta ha producido. Llevo ya varios años ejerciendo como sacerdotisa, y varios años viendo de forma recurrente en foros wiccanos la típica pregunta sobre el látigo que supuestamente se utiliza en algunas tradiciones cuando se va a iniciar a alguien. Como mínimo sale 5 ó 6 veces al año. Cada vez que veo esa pregunta me muero de la risa porque parece que aquí las sacerdotisas somos unas dominantes que nos dedicamos a lacerar espaldas ajenas como hobby. A veces me dan ganas de decir “sí claro, en mi tiempo libre me dedico a azotar acólitos” (nótese el sarcasmo). En realidad, en mi tradición no es habitual el uso del látigo (yo nunca lo he usado), pero sí se utilizan con frecuencia cuerdas y cuchillos para las iniciaciones de algunos grados, no de todos. El uso de estas herramientas es totalmente simbólico y no voy a entrar aquí en desvelar qué significan, pero tienen de hecho varios significados y se utilizan principalmente, como os podéis imaginar, con el objetivo de hacer que el nuevo iniciado pase por un ritual rico en simbología, sin que vea afectada su integridad física ni psicológica. Vamos, que no le pegamos a nadie ni le causamos traumas.

Y por supuesto, nada de esto tiene una connotación sexual. En mi grupo incluso menos porque vamos todos vestidos. En grupos en los que se hace el rito desnudo imagino que tampoco, ya que cuando estás en el ritual estás en el ritual y no estás pensando en otras cosas, ni siquiera en que se llevan las cositas al aire. Total, van todos desnudos, ¿para qué van a fijarse los demás en tus cositas?

La figura de la suma sacerdotisa se basa en otro concepto, que se llama autoridad moral. Significa que se respeta a la persona que te está formando y enseñando, pero no que tengas que besarle la liga* cada vez que te la enseñe (si es que alguna vez la enseña), ni rendirle pleitesía. La suma y/o el sumo son los que organizan los rituales y los dirigen, por eso se les presta atención, se preocupan por el bienestar del coven y toman las decisiones administrativas necesarias. Y por supuesto, inician a otros miembros. Son como el padre y la madre del coven. Pero padre y madre no significan “amo y ama”. Significa que cuando acaba el ritual cada uno para su casa. Hay covens en los que hay amistad, hay otros covens en los que la gente sólo se reúne para hacer rituales y fuera del círculo ni siquiera son amigos. Raramente veréis a sumas sacerdotisas ejercer su autoridad fuera de lo que suceda en sus Templos, círculos, covens o rituales. Y en ningún caso le pegarán a nadie, ni fuerte, ni flojo, ni nada. En realidad, los rituales wiccanos tienen mucho de concentración y poco de connotaciones abiertamente sexuales.

(*) La liga es una prenda de vestir asociada al tercer grado en algunas tradiciones y que normalmente llevan las mujeres. En la Tradición Correlliana es de color rojo y normalmente se omite. Aunque a mí me encanta. Será porque es lencería fina.

En la forja

De la forja de uno de los mejores herreros del reino, todos los días, salían nuevas espadas, brillantes y afiladas. De aquella forja habían surgido espadas de leyenda: Robacorazones, que un día acompañara a Florian el Bello en el rescate de la princesa de Noruega; Martillo de Gigantes, la espada del Rey de aquel lejano reino en las estepas; y por supuesto Brillo del Héroe, la espada del guerrero que acompañara a un mago de la isla esmeralda en su búsqueda de una flor curativa para sanar a una niña, enferma de un extraño mal.

En aquella forja vivía una pieza de acero que había sido comprada por el herrero en un pueblo cercano. La pieza de acero era muy soñadora, y soñaba con aventuras, anhelaba la épica y, además, admiraba cómo el herrero realizaba el proceso de forjado de nuevas espadas, así que, un día, le rogó dejar de ser un trozo de acero para convertirse en una espada por derecho propio. Soñaba con ser brillante, pulida y afilada, soñaba con reflejar el sol y combatir el mal, soñaba con ser tan especial como todas esas espadas que salían a diario de la forja, incluso tan especial como las que se oían en las canciones de las tabernas. Rogó y rogó, y volvió a rogar, afirmando que quería ser una espada. Así que el herrero, que tenía necesidad de piezas de acero para forjar, aceptó la petición de aquel trozo metálico. La pieza de acero estaba contentísima porque era uno de los mejores herreros del reino el que la iba a convertir en toda una espada. ¡Ya vería lo que les iba a decir a todas las paletas piezas de acero que vivían en la forja! ¡Y el hierro ya es que se iba a morir de envidia!

El herrero comenzó su trabajo. Primero, desgastó el acero para pulirlo. La pieza de acero se resintió, porque el dolor era muy fuerte y pensaba que no sería capaz de soportarlo. Le dijo al herrero “por favor, me duele mucho”. Y el herrero contestó “¿todavía quieres ser una espada?”, a lo que la pieza de acero contestó que sí.

El herrero calentó el acero aún más y le dio forma, cortando el metal y haciendo que éste lo pasara francamente mal. La pieza de acero volvió a resentirse, porque el dolor era atroz y pensó que se iba a desmayar. Le dijo al herrero “ten piedad, me duele mucho”. Y el herrero contestó: “¿todavía quieres ser una espada?”, a lo que la pieza de acero dijo que sí.

El herrero volvió a calentar el acero todavía más. Lo golpeó con toda su fuerza, que era mucha (todo el mundo sabe lo fuertes que son los herreros), y le empezó a dar forma de espada. A cada golpe, el metal chillaba y saltaban chispas. Calentó, golpeó y luego enfrió con agua. Calentó, golpeó y luego enfrió con agua. Calentó…

Y la pieza de acero profirió un grito agudo, de los que son capaces de cortar hasta el aire.

Suplicante, llorosa, humeante y dolorida, le dijo al herrero, “por favor, ¿no ves que me estoy muriendo? ¿No ves que estoy dejando de ser una pieza de acero? Yo quiero ser una espada, pero nadie me dijo que doliera tanto”.

El herrero respondió: “No lo entiendes. Anhelas un brillo, una hoja afilada y un templado exquisito, y sin embargo no estás dispuesta a convertirte en aquello que deseas. Dime, ¿cómo esperas que haga de ti lo que quieres, si no vas a pagar el precio? ¿Cómo esperas que haga de ti una heroína que saje a malvados y salve doncellas, si no eres capaz de dejar atrás lo que eres para convertirte en lo que quieres ser, si no quieres al menos sacrificar un poco de ti para que haga mi trabajo?”.

“Yo quiero ser una espada”, contestó el acero, “pero no así. Hazlo más fácil y sin que duela”.

El herrero dejó de lado la pieza de acero. Había muchas otras piezas que nunca habían suplicado, sino que esperaban pacientemente a que llegara su turno. Aquélla era una forja de espadas y todas tendrían su oportunidad. Haría, indudablemente, algo de todas y cada una de sus piezas de acero. Pero obviamente no todas se convertirían en espadas de leyenda. Al menos no las que no estaban dispuestas a pagar el precio del esfuerzo.

 

“Esto es un regalo / conlleva un precio / ¿quién es el cordero y quién el cuchillo?”

Rabbit Heart – Florence and the Machine

La iniciación desde la perspectiva del iniciador

Ayer hablaba con mi mejor amigo, también wiccano pero de otra tradición, de lo que supone para un iniciador tener iniciados, de la relación que se establece con ellos como iniciador. De sentimientos, en definitiva, porque es una relación muy especial en la que es inevitable tener sentimientos.

Las personas a las que he iniciado son como mis hijos en un sentido espiritual de la palabra. Llevan mi impronta, que es lo que les he enseñado, pero cada uno viene de circunstancias personales distintas y tienen sus propias personalidades, así que añaden a eso sus propias vivencias y su propia manera de ser. A partir de esto, cuando ya pueden iniciar (en mi tradición esto sucede en tercer grado) forman su propia impronta a partir de su forma de ver las cosas. Es entonces cuando el ya sumo sacerdote empieza a tener sus propios hijos espirituales igual que antes los tuvo la persona que le inició.

En nuestra conversación le dije a mi amigo que yo quiero a todos mis iniciados, con sus virtudes y sus defectos. A veces veo cómo aciertan, a veces veo cómo se equivocan, a veces les veo dudar, y en mi caso no puedo evitar en ocasiones entrar a dar una opinión igual que la daría una madre cuando me cuentan algún problema. Sin embargo, llega un momento en el que creo que tienes que dejar que se manejen solos. Ese momento llega especialmente con lo que he comentado más arriba, cuando se inician en tercer grado. He vivido esta situación hace poco, ya que se inició una alumna que es amiga además y con la que llevaba muchos años trabajando. Me resulta raro no entrar a decir nada cuando me comenta algo, y de hecho el otro día hablaba con ella y le decía “es tu decisión, tú eres la suma sacerdotisa”. Noté entonces que había llegado el momento de cortar el cordón umbilical, de dejar a mi niña hacer sus cosas, de dejarla volar libre y que tomara sus propias decisiones igual que un día me dejaron a mí.

Aunque para una “madre” (espiritualmente hablando), y más aún para una persona que se considera maternal como es mi caso, es muy difícil soltar amarras de esa forma tan radical, considero que es una muestra de confianza por mi parte. Confío en que mis iniciados, cuando más de ellos lleguen a tercer grado, sabrán hacer lo que quieran hacer y encontrar sus propios caminos. De hecho, eso lo confío desde que doy a alguien el primer grado. Si en algo soy una “madre” pesada es en lo de que cada uno debe encontrar la cosa que le haga feliz en este camino y no me cansaré nunca de repetirlo. Ver a mi gente hacer de su vida una obra de arte, desde el que acaba de empezar a estudiar conmigo hasta la que se acaba de iniciar en tercer grado, es algo que me enorgullece. Mientras tanto, mientras la persona no está preparada, das todo lo que tienes: tu pensamiento, tu corazón, tu experiencia, tu preocupación y algunas veces tus sentimientos más profundos.

Y diréis, después de todo, ¿qué ganas tú, Harwe? ¿Merece la pena darse tanto para que luego la gente haga su vida? No negaré que me lo pregunto a veces, especialmente el día que no estoy de acuerdo con la gente a la que inicio. Igual que me pregunto si merece la pena dar clase de Wicca Correlliana, si merece la pena tener un Templo y si merece la pena pensar en qué es lo próximo que quiero hacer mañana por la mañana antes de ir a trabajar. Tengo la necesidad imperiosa de cuestionarme a mí misma porque acostumbro a vivir en mi cuerpo, en mi cerebro y en mi corazón y ser consciente de mis sentimientos, y mi camino me ha enseñado que necesito ser consciente de todo eso que pasa por mi cabeza, o de todo lo que siento. Y me doy cuenta de que duele ver irse al polluelo de debajo de las alas de mamá gallina. Duele aún más cuando sabes que no puedes abrir la boca para decir ni pío, porque entonces estás dificultando que la persona se siga desarrollando según sus propios planes.

A pesar de lo que se pueda pensar, definitivamente no merece la pena porque alguien lleve mi nombre en su línea de iniciadores. Una de las autoras a las que más admiro, la gardneriana Doreen Valiente, inició a relativamente pocas personas comparada con otras sacerdotisas de su misma generación y tradición. Y sin embargo ella simplemente encontró algo que le gustaba, como era escribir e investigar, y se centró en eso. Por tanto, dar tu nombre o dejar de darlo a más o menos gente no es una señal de influencia o de importancia del trabajo de alguien. La diferenciación, como siempre digo, sí lo es. El encontrar lo que te guste hacer, definitivamente, sí lo es.

Tampoco merece la pena por tener un grupo. No soy una directora de grupos ni una maravillosa gestora de recursos humanos. No soy una persona de masas. Tiendo a pensar que ese tipo de personas tiene una gran capacidad para manipular a los demás, y no hay nada que deteste más. Soy una persona celosa de su intimidad, introvertida (no confundáis introversión con timidez*) y reflexiva que prefiere el contacto de uno a uno, y a la que le disgustan los grandes eventos y los “circos”. No me gusta la cultura del carisma, la cultura de los grandes vendedores, agresiva, en la que prima el trabajo en equipo. No me gusta tampoco que me halaguen, ni en privado ni en público, y ese tipo de situaciones se dan mucho para el “peloteo”* que tanto se da en esta cultura del carisma. En cambio, adoro la cultura del carácter, del ideal, de la persona que se hace a sí misma a base de reflexionar, que cultiva valores y los intenta cumplir, y que lo hace de forma independiente. Que luego se junta con un grupo e intercambia ideas de una forma tácita y madura, pues esas otras personas también han hecho ese trabajo antes individualmente.

Entonces me doy cuenta de que la razón por la que esto merece la pena es porque me gusta dar clase. Me gusta lo que hay en medio, no la iniciación, sino lo que lleva a ella. Me gusta coger mis valores, meterlos en una batidora, hacer un batido de “valores de Harwe”, ponerme delante de la persona y decirle “esto es lo que yo tengo para darte, lo que desde hace mucho tiempo llevo reflexionando, tú luego haces lo que quieras con lo que yo te doy, pero si vas a hacer algo con ello, reflexiónalo, hazlo tuyo y luego me lo cuentas”. Ese intercambio es el que me resulta enriquecedor porque creo que me ayuda a crecer. Pero iré más allá: incluso la situación por la cual tengo que dejar irse a una persona para que haga su vida y forme sus propios valores es enriquecedora. Me ayuda a no estar excesivamente apegada a las situaciones, me ayuda a seguir pisando con los pies en la tierra, evitando que se me “suba” el cargo, porque sé que inevitablemente llegará otra gente detrás de mí que probablemente sea mejor que yo. Y ésa, en realidad, es mi pequeña victoria: que quienes vengan detrás sean mejores que yo. Significa que lo he hecho bien.

 

(*) La introversión es un término que define cómo la persona centra su atención. Las personas introvertidas centran su atención en su propio interior y tienden a ser introspectivos. Los extrovertidos, en cambio, la centran en los demás y en las situaciones externas. El grado de introversión, no obstante, no tiene por qué afectar a la sociabilidad de la persona. Con lo cual introversión y timidez no son lo mismo, en tanto que la timidez hace referencia a un grado de fobia social, mientras que la mayor parte de los introvertidos no tienen ningún problema a la hora de relacionarse si tienen que hacerlo.

(**) Pelotear en España es una expresión coloquial que significa halagar a una persona, señalar todo lo bueno y repetirlo, normalmente para conseguir algo a cambio.

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