El porqué de las cosas número dos

Tenía 25 años, y me encontraba en un bar con una persona muy importante en mi vida: mi padre. El bar daba a la Giralda de Sevilla, así que había mucho guiri* alrededor, y degustábamos unas cervezas en pleno mes de julio. Era, como hoy, el cumpleaños de mi padre.

Estaba atravesando una etapa bastante mala, oscura, incluso aterradora, para qué nos vamos a engañar. Mi padre me preguntó cómo estaba, y le dije la verdad, aunque no quería hablar de ese tema en el día de su cumpleaños. Le dije que estaba mal, que me encontraba triste, que la vida parecía carecer de sentido y que toda mi existencia consistía en dejarme llevar por la corriente. Había dejado de sentir que controlaba mi vida. Le dije que todo eso me había sucedido por una serie de porqués, por una serie de circunstancias, algunas consecuencias de mi comportamiento y otras consecuencias del comportamiento de otras personas.

Entonces mi padre, que es la persona más irreverente y menos solemne que conozco, me miró muy serio con esos ojos de color verde profundo que tiene.

– A veces – me dijo – vemos porqués que son muy evidentes, cosas que saltan a la vista o circunstancias que son las que nos hacen caer. Esos porqués no importan. Lo que de verdad importa es el porqué de las cosas número dos.

Le miré extrañada, y él siguió.

– Es ese porqué que te hace darte cuenta de por qué suceden las cosas en realidad: para hacerte crecer como persona, para hacerte más fuerte y para hacerte darte cuenta de lo afortunada que eres, en el fondo, pese a que ahora lo veas todo negro.

Acto seguido, mi padre se dio la vuelta y, fiel a su estilo, sonrió y gritó a un muchacho con mandil negro al fondo del bar “¡Camarero, otra cervecita!”. Y siguió hablando de las cosas que a él le gustan, como fútbol, marcas de cerveza, juegos de PlayStation y las mandarinas que había comprado en la tienda de debajo de su casa. Así es él, sólo se pone solemne de vez en cuando para que no nos acostumbremos.

Han pasado ocho años desde aquella conversación y hoy vuelvo a recordarla. No porque sólo sea su cumpleaños (felicidades, papi), sino porque con el nacimiento de mi hija han pasado ciertas cosas que me han hecho acordarme del porqué de las cosas número dos cuando ya casi estaba olvidado. Gracias por aquella gran lección.

(*) Turista extranjero, en la modalidad lingüística del castellano que se habla en Sevilla.

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