El lado menos visto de los oráculos, o “los dioses me dijeron que…”

Cuando tenía 7 u 8 años mi abuela me metió en clase de flamenco. Mi profesor de baile, un bailaor de flamenco que con los años se había visto venido a menos, se quejaba constantemente de un hijo que tenía, que se había metido en un grupo religioso y que decía que todo, absolutamente todo, era una tentación del demonio. Su tesis era que Satán se nos aparecía a todos a diario en multitud de ocasiones y nos decía que teníamos que hacer esto o lo otro. Como os podéis imaginar, mi profesor de baile estaba muy triste porque decía que su hijo era, lamentablemente, de todo menos libre, al vivir condicionado por un “el demonio acecha y nos pone tentaciones, mientras el ser humano es una marioneta en sus manos”.

Mi vida transcurrió sin volver a reparar en este hecho casi 30 años, hasta que un día me topé con una situación similar dentro del Paganismo. Y por similar quiero decir igual pero al revés. Me explico: al menos en la Wicca, como no tenemos intermediarios porque consideramos que la Divinidad vive dentro de nosotros, a veces utilizamos formas de contactar con la Divinidad de nuestro interior para obtener mensajes. Por ejemplo runas, tarot, oráculos canalizados, escritura automática, etc.

Hasta aquí es fantástico y nos puede ayudar muchísimo. La cosa es que todo oráculo es un arma de doble filo.

Por un lado, tenemos la “profecía autocumplida” que se ve con relativa frecuencia en el Tarot. Pongamos como ejemplo el de la persona a la que le realizan una tirada y le dicen que va a pasarle algo en el trabajo, como un cambio de puesto. Esa persona, que en principio está algo molesta con su jefe, decide cambiar de empleo. Esta profecía no se habría cumplido de no haberse realizado dicha predicción, puesto que el consultante jamás habría pensado en cambiar de trabajo si no se le hubiese dicho que iba a haber un cambio. Su conducta ha generado ese cambio, y no la lectura. Con las relaciones sentimentales esto pasa mucho. Recuerdo que una vez le eché las cartas a la amiga de una amiga, y le dije que iba a relacionarse con un chico alto y rubio. Resultó que nunca se había fijado en el chico alto y rubio de su grupo de amigos (quien, por cierto, estaba loquito por ella) hasta que yo le dije esto. A los dos días habían iniciado un torridísimo romance.

Con los oráculos canalizados también he visto esto. Y mirad que siempre digo eso de “hay que meter siempre los oráculos en el congelador y no mirar lo que se ha dicho en dos o tres semanas mínimo, cuanto más tiempo mejor” (de hecho hablé de ello en este artículo de aquí). El oráculo es canalizado por una persona, y la persona es siempre la que está entre la divinidad y el receptor del mensaje. Por muy divinos que sean considerados los mensajes, el cerebro y la lengua y las cuerdas vocales son humanas y, por lo tanto, pueden “envolver” el mensaje con sus propias palabras. Y el lenguaje, aunque es muy rico, es hasta cierto punto un límite cuando el canalizador actúa como “traductor” del mensaje.

Aunque le da mala fama al tipo de trabajo que realizamos quienes de vez en cuando canalizamos, creo que una actitud de credibilidad absoluta hacia los oráculos también lleva al borreguismo. Sobre todo cuando la persona que canaliza se erige en líder absoluto por tener ese tipo de papeles en el ritual. Las personas que dirigen rituales y canalizan deben ser conscientes de que a) no siempre la entidad viene para ser canalizada (y si no viene, no pasa nada, no significa que no se sea un buen canalizador ni un buen invocador) y b) canalizar no es tan chachipistachi como se piensa. Para empezar, cansa y quema a quien hace de oráculo. Y para seguir, creo que se corre el riesgo de convertir un ritual en un circo en el que va todo el mundo sólo para que la Diosa les hable, y no por la calidad del ritual en sí.

Yo me paro a pensarlo y me digo, ¿de verdad quiero un coro de borregos que me diga lo bien que canalizo? ¿De veras quiero la responsabilidad de ser un gurú? La respuesta es no. Canalizaré, o leeré las cartas, cuando tenga que hacerlo, pero ante todo he tomado la decisión de tomarme en serio el momento pero no tanto el mensaje.

Por otro lado, como receptores de ese mensaje, o consultantes, o como queráis llamarlo, creernos a pies juntillas lo que nos digan, sin una maduración del mensaje, puede llevar a una conducta que, desde mi punto de vista, puede llegar a ser perniciosa. Puede llevar a ese “los dioses me dijeron que…”, como el chico aquel que decía que Satán le ponía tentaciones por delante. Puede llevar a sentirnos marionetas ante un destino escrito y designado por los Dioses. Puede llevar a una adicción, al no gustarnos lo que dice el oráculo y consultar diferentes cartomantes, canalizadores y médiums para obtener el mensaje que queremos oír.

La madurez del receptor del mensaje es fundamental, igual que la profesionalidad de la persona que realiza el oráculo. Veo que la gente se queja de que (insértese aquí nombre del cartomante de turno) es un estafador, pero nunca veo que el usuario haga un análisis profundo de su propia conducta. Y por madurez no quiero decir escepticismo, sino sencillamente calma. Tomarse las cosas con filosofía y recordar que se es dueño de su propio destino. Que las cosas no están escritas.

Pasa lo mismo con las Divinidades que canalizamos. Creo que ninguna Divinidad tiene derecho a decirnos que debemos hacer esto o lo otro, por muy poderosas que consideremos que sean. Las Divinidades pueden querer ciertas cosas, pero tenemos derecho a plantarnos y decir que no. O a que otros se planten y digan que no. Se llama libre albedrío por algo, y siempre está en nuestras manos.

En la crisálida

Hace unos años tuve que hacer una meditación chamánica para encontrar mis animales tótem, como parte del entrenamiento en chamanismo correlliano, un curso complementario que tenemos dentro de mi tradición. Fue muy curioso encontrarme dos animales muy similares, la polilla y la mariposa, dentro de ese grupo de animales tótem que se suponía que me estaban acompañando. Me vino a la cabeza, después de esa meditación, unos versos de la letra de Madame Butterfly, mi ópera favorita:

PINKERTON: Deja que bese tus queridas manos ¡mi Butterfly! Qué bien te han bautizado, suave mariposa.

BUTTERFLY: Dicen que al otro lado del mar, si cae en manos de un hombre,  la mariposa es atravesada con un alfiler, ¡y la clavan a una tabla!

PINKERTON: Hay algo de verdad en ello. ¿Y sabes por qué? Para que no pueda escapar. Yo te he atrapado. Te abrazo apasionado. Eres mía.

Durante un tiempo estuve temerosa de que la presencia de animales como la mariposa y la polilla en mi vida significaran que alguien iba a pincharme en un corcho para no dejarme volar nunca más. O que alguien iba a ser esa vela que dicen que siempre atrae a las polillas, y a la que se dirigen irremediablemente aunque las acabe calcinando.

Pero si algo saco de ambos animales es su sentido de transformación. Ya hablé de ello en una fábula que escribí hace unos años, antes de saber que la mariposa y la polilla eran mis animales tótem, y a la que titulé “Yo era una oruguita”:

Yo era una oruguita, una pequeña y tímida oruga que miraba a las mariposas volar. Me arrastraba por las ramas de las plantas y miraba al cielo, viendo cómo daban piruetas y lucían sus colores al sol mis hermanas las mariposas. Era feliz siendo oruga porque tomaba el sol tranquilamente y me balanceaba en las hojas como si de hamacas se tratasen, pero me preguntaba qué se sentiría al volar, al poder viajar más rápido de lo que nunca había viajado, al saber qué hay más allá de las flores del patio.

Un día, alcé la voz y le pregunté a una mariposa dorada qué tenía que hacer para volar. “No hace falta más que extender las alas”, me dijo. Lo intenté, pero yo no tenía alas, así que me estrellé contra el suelo, ¡qué mala suerte! De haber tenido huesos, me los habría roto todos, seguro. Pero yo era una oruguita, así que no tenía huesos y aunque me hice daño, volví a reptar por mi ramita hasta una hojita en la que descansar.

Me estaba recuperando del susto, cuando vi en una rama cercana a otra oruguita que parecía muy atareada. “Hola”, le dije. “Hola”, respondió. “¿Qué haces?”, le pregunté. “Tejer”, me contestó. “Estás muy sola, ¿quieres que te haga compañía?”, le pregunté. “Gracias”, me dijo la otra oruguita, “normalmente estoy solita con mi tarea, porque las otras orugas piensan que soy rara porque me paso el día tejiendo en vez de ver volar a las mariposas, pero a mí no me importa. Sólo quiero terminar mi tarea y así seré como las mariposas.” Estaba tejiendo con dos agujitas de hacer punto, y contaba los puntos que daba, adelante y atrás, adelante y atrás. No había nada que la distrajera de su tarea.

Así que cogí yo también dos agujas y me puse a tejer. Tejí noche y día, tejí con sol y con lluvia. Ya no importaban las mariposas y sus cabriolas, sólo la tarea. Tejí en verano y en otoño tejí. Y en invierno, cuando las noches se hicieron frías y el fino rocío se heló en las hojas, me eché la manta hecha por mí por encima y me quedé dormida.

Desperté sudando. ¡Qué calor! Me quité como pude el tejido tan calentito que me había hecho, y me di cuenta de que había dormido todo el invierno. ¡Qué tarde es!, me dije. Y cuando fui a reptar para comerme un par de hojas, me di cuenta de que podía volar.

Volaba, y sentía la brisa en la cara, y en las alas, y en el cuerpo. Y el mundo me parecía vasto, y hermoso, y la luz era deslumbrante. Y abajo, un montón de oruguitas miraban mis cabriolas, y eran felices, pero hubo una que me preguntó con curiosidad qué había que hacer para volar, y entonces yo le dije lo que nunca me habían dicho a mí: que para poder volar hay que tejer primero.

La verdad, después de tanto trabajo con lepidópteros he de confesar que no he aprendido a volar. Más bien he aprendido a vivir dentro de la crisálida, dentro de la “manta” que tejió la oruga, dentro de la oscuridad que encierra la intimidad de mi propia alma. Creo que es más importante darse cuenta de lo que significa la transformación y lo que significa estar en constante revisión personal. Aunque a veces duele ver caer muros, preconcepciones y paradigmas que pensemos que sean inamovibles. Entender la creencia de uno como algo orgánico, vivo y personal que, al fin y al cabo, es el camino espiritual individual. Un camino que camino con mis propios pies, igual que los demás caminan el suyo con los suyos.

Aunque parezca que la crisálida es un lugar de recogimiento, recóndito y hasta cierto punto oscuro, que nos recuerda a “La noche oscura del alma”, me parece que hay más luz dentro de ella de la que puedo encontrar fuera. No hay que tener miedo a esa oscuridad de lo que tenemos dentro, a ese subconsciente, a esas aguas que esconden la sombra. Al fin y al cabo, la sombra sólo es una expresión de lo que no queremos enseñar, y a veces lo que no queremos enseñar es lo más hermoso, íntimo y espectacular que tenemos. Encierra los porqués, las razones ocultas y, al final, lo que hemos hecho de nosotros mismos a través de los años.

No me importa si nunca llego a ser una mariposa. Me gusta tejer. Me gusta ser. Me gusta mi oscuridad, mi luz, mis hojas frescas. Me gusta ser la oruga y me gusta ser la crisálida. No he nacido para que ningún Pinkerton me guarde pinchada en un corcho, ni bajo ningún vaso dado la vuelta, ni como ningún trofeo de caza de un aficionado a los insectos. Me gusta pasar por la transformación constante. Me gusta darme cuenta de lo orgánico de lo que vivo, de mi creencia, de mi fe, e incluso de mí misma. La lección de la crisálida es la lección del que se enfrenta constantemente a sus propios miedos: uno mismo.

Juicios de valor y Wicca

Hace un par de años dejé de escribir durante un tiempo porque consideré que me estaba volviendo demasiado crecidita con mis propias opiniones. Era demasiado enjuiciadora con respecto a qué era y qué no era Wicca, qué era y qué no era esto, qué era y qué no era aquello. Recuerdo que escribí un artículo sobre Wicca Ecléctica con el que ahora no es que esté en desacuerdo, pero creo que en este momento no lo escribiría de la misma forma ni sería igual. Entre otras cosas, creo que ahora matizaría mucho más que se trataba de mi opinión, que se trataba de mi punto de vista por aquel entonces, que aquello era lo que yo veía o dejaba de ver, porque estamos hablando de mi propia forma de contemplar el mundo. Estuve un año o año y medio sin escribir nada en el blog, dejando tiempo a mis propios pensamientos para madurar, retirándome un poco de mí misma para tomar algo de perspectiva. Intentando aprender a ser yo y a declarar abiertamente que eso lo decía yo, sin que supusiera la verdad absoluta para nadie más. Y lo expliqué en este post que mucha gente vio como lo que era: una declaración de intenciones. Intenté borrar de mi vocabulario palabras como “correcto”, “incorrecto”, “bueno”, o “malo”, intenté dar mi opinión y sólo mi opinión, e intenté no volver a enjuiciar a nadie. Incluso hablé de la naturaleza relativa del bien y el mal en este otro post.

Sin embargo, soy consciente de que toda actitud tiene un alto precio cuando se comunica. Y creo que estoy “pagando” lo que escribí en su día, los juicios de valor y todas las cosas que dije públicamente. Llamadlo karma, si queréis. Hay que ser cuidadoso con las ideas que vertemos en los social media. Nunca sabes quién puede estar leyendo y cómo va a entender lo que dices o escribes. Nunca sabes si te sigue o si no, si considera que ese artículo que escribí sobre la moral en la filosofía de las patatas fritas del McDonalds es vigente según mi Yo actual. Es uno de los problemas de la comunicación asíncrona que vivimos con esto de internet.

Para que esto sea totalmente actual, voy a declarar lo que pienso sobre los juicios de valor en Wicca: creo que no soy nadie, ni yo ni nadie, para hacer juicios de valor sobre la actitud de otras personas. Toqué el tema de pasada en uno de los artículos del especial sobre tabúes. No soy nadie para decir “esto está bien” o “esto está mal”, porque no conozco las razones que llevan a las personas a tomar determinadas actitudes o posiciones ante la vida. No soy nadie para hablar de los demás, soy alguien para hablar de mí misma, quizá para dar mi opinión, pero no para categorizar. Y estoy muy contenta de cómo he aprendido eso, y ha sido abriéndome a la comunidad pagana y a su diversidad.

Creo que no hay dos personas iguales y, como tal, no hay dos paganos iguales. Ni siquiera hay dos wiccanos iguales. Mi mejor amigo (wiccano de otra tradición) me abrió los ojos a esto hace un par de años. Le debo a esa aseveración lo más grande, porque me hizo darme cuenta de que sí, estaba etiquetando a quien no me correspondía etiquetar. Me hizo preocuparme por intentar no hacerlo, aunque reconozco que a veces es muy difícil no categorizar. Pero al fin y al cabo, ¿quién soy yo para decir quién es bueno o quién es malo? ¿Quién soy yo para decir qué características tiene un buen o un mal pagano? ¿Quién soy yo, si no una persona imperfecta más, que puede que incluso no entre en su propia categorización de perfección todo el tiempo, porque es imposible? ¿Quién soy yo para definir la Wicca? ¿Quién soy yo, sino Harwe dando mi opinión, y nadie más?

Ahora que me topo con categorizaciones para mi gusto demasiado fuertes (como qué es ser un “buen/mal pagano”) en las redes sociales, de gente que me lee y me ha leído durante un tiempo, soy totalmente consciente del daño que hice en su día a esta comunidad. Y explico por qué creo que es un daño: categorizar y enjuiciar sólo sirve para crear un mundo de buenos y malos, un mundo de separación, segregación y disputas que lleva a lo que precisamente no queremos: estar apartados unos de otros. Creo que la separación en una comunidad tan pequeña sólo lleva a que nunca tengamos todos esos derechos civiles por los que hay tanta gente luchando (derecho a ser reconocidos como minoría religiosa, derecho a tener unas exequias dignas, derecho a celebrar nuestros rituales de forma abierta y normalizada, derecho a que nos miren como a personas normales que simplemente han decidido tomar otro camino espiritual…). Porque estos derechos sólo se logran mediante la colaboración. No digo que seamos todos amiguitos, digo que es necesario hablar, conocernos y colaborar un poco. Y no separarnos mediante un juego de “buenos” y “malos”, “blancos” y “negros”, aunque se haga para contentar al grupo de turno que mantenga esa posición, porque queda muy bien contentar a los seguidores. No obstante, creo que ese tipo de categorizaciones nos pone en una posición de superioridad moral que no creo que nadie en esta comunidad tenga, ya que, al enjuiciar, nos estamos convirtiendo en eso, jueces. Yo pasé por ahí y ahora lo veo, y personalmente no me gusta, igual que hace muchos años no le gustó a la gente que lo hiciera yo y lo entiendo perfectamente.

Me estaría dando golpes de pecho eternamente si no fuera por esos otros paganos, los de ahí fuera, los que se mojan, que me han abierto los ojos a otras realidades y  que, en cierto modo, me han “redimido” de mi propia actitud previa. Ellos me han enseñado que para mí no es deseable enjuiciar a nadie, que no necesitamos Biblias (como ya dije hace un par de días) ni verdades absolutas. Ellos han sido los que me han enseñado que ni siquiera en Wicca existen los dogmas comunes, aunque yo hace unos años tuviera una visión bastante dogmática de la Wicca. He aprendido y sigo aprendiendo muchísimo de los compañeros con los que me he topado, de todas esas personas que son tanto conocidos como amigos, y de mi tradición, que son los primeros en decir eso de “ésta es la explicación que se da, pero puedes estar de acuerdo o puede que no”. Ese aprendizaje es lo único que me llevo de todo ese tiempo que estuve enjuiciando sin parar, porque si no hubiera partido de ahí no habría podido llegar a un sitio tan cómodo ideológicamente como en el que me encuentro ahora.

Y como siempre, es mi opinión. :)

Soy brujo/a y… quiero tener un gato

¿Qué hay más típico que la figura del gato junto a la bruja? Pues posiblemente el caldero, y poco más. Y ahora que llegan las fiestas, los regalos y esas cosas, es normal que en muchas casas se regalen mascotas para los más pequeños o para los no tan pequeños. Como orgullosa humana de dos gatos, me gustaría dar algunas pinceladas de lo que supone hacer buenas migas con estos amigos peluditos, sus cuidados y otros detalles a tener en cuenta.

¿Puedo permitirme tener un gato? 

Y no hablo de dinero, hablo de tiempo y de ganas. Hazte algunas preguntas antes de lanzarte a buscar al gato de tus sueños: ¿puedo permitirme comprarle una comida que cubra todas sus necesidades? ¿Dispongo de un lugar donde ponerle una bandeja de arena, y que esté alejado del trasiego del resto de la casa? ¿Estoy dispuesto a cambiar desechos cada pocos días y mantener la arena limpia? ¿Voy a estar en casa a menudo, para darle tiempo y cariño a mi mascota? Si me voy de vacaciones, ¿puedo confiar en alguien para que se pase por mi casa a diario y se asegure de que el gato está bien, le ponga agua y comida y le cambie la arena? ¿Soy consciente de que otras mascotas pueden no tolerar al gato, y estoy dispuesto a dar todo lo posible de mí como para hacer la convivencia armoniosa? ¿Tendrá mi gato suficiente sitio como para correr y jugar en mi casa? ¿Puedo darle un sitio donde dormir? ¿Soy consciente de las alergias propias y ajenas en casa, y todo el mundo está de acuerdo con tener un gato? Si se pone enfermo, ¿lo llevaré al veterinario y me aseguraré de darle la medicación necesaria hasta que le den el alta? ¿Estaré dispuesto a tener todas sus vacunas en regla y a cumplir con la identificación del animal de la manera en la que lo marque la ley pertinente?

Si la respuesta es sí a todas estas preguntas, entonces estamos preparados.

Características del gato como mascota

Un gato es más que una mascota. Es un compañero de piso. A veces incluso actúa como si fuera el dueño de la casa y tú te limitaras a pagar sus facturas. Pero, al contrario de lo que se cree, son animales muy apegados a una persona que actúa como su “humano favorito”. Esa persona será como su madre o su padre y la buscará para todo lo que necesite, si confía lo suficiente en ella. Que ésa es otra: el gato no te amará incondicionalmente como un perro. El gato te amará con todas sus fuerzas, pero sólo si te ganas su amor antes, y no sólo por ser el que le da de comer. Esto quiere decir que si te enfadas con él y hasta le pegas, él se enfadará y no querrá estar contigo. Si, en cambio, usas la mano izquierda a la hora de la disciplina, y lo disuades de hacer cosas de una forma en la que no se dé cuenta de que le estás distrayendo o disuadiendo, o lo “convences” de que rascar el sofá o subirse en la encimera no es divertido, entonces hacer esas cosas perderá el interés para el michín y no lo continuará haciendo.

Una relación de humano-gato se parece mucho a cualquier relación con cualquier otro humano. Son animales independientes, no en el sentido peyorativo de la palabra, sino en el que ellos son totalmente autosuficientes para buscar un sitio tranquilo y echarse una siesta. Irán contigo cuando tengan ganas y entonces sabrás que están siendo totalmente sinceros. Un gato no te adula, un gato va contigo y busca tu atención cuando realmente le apetece estar contigo. Y créeme, esto pasa muchas veces al día cuando la relación con el animal es positiva y armoniosa. Un gato no miente, no sabe, sus movimientos le delatan. Cuando un gato te lama, entonces amigo mío te estarán diciendo lo mucho que te aprecian, y será de verdad, desde lo más profundo de ese pequeño corazón felino.

Son animales extremadamente limpios. Se pasan el día limpiándose y a algunos les da hasta coraje que les toquen con las manos sucias. Si saben hacer sus necesidades en la arena y la arena está limpia, lo harán siempre ahí. Otra cosa es que la arena no esté a su gusto o que la limpies muy de cuando en cuando. Entonces puedes prepararte a que te dejen regalitos como muestra de su disconformidad con la limpieza de la casa.

Cómo elegir un gato

Primero de todo, plantéate cuántos años quieres vivir con tu amigo. Los gatos de raza son muy bonitos pero a) son carísimos y b) debido a la selección a la que son sometidos normalmente viven pocos años. Hay mucha gente a la que le encanta este tipo de gato, muy seleccionado, porque es un status social y porque el carácter es predecible al estar determinado por los genes.

No obstante, también existe la opción de adoptar, que es más económica. Hay muchos gatos abandonados todos los años, especialmente en verano. Se regalan muchos animales en Navidad y en cuanto la gata tiene el primer celo y queda preñada hay gente muy fría que abandona gata y gatitos a su suerte. Hay mucha gente estupenda, que recoge esa familia gatuna y les da un hogar provisional, esperando que surja esa familia que quiera tener un amigo para siempre. Mi experiencia como adoptante (mis dos gatos son adoptados) es muy positiva, y es verdad que mis michis son muy diferentes entre sí porque son gatos callejeros y no han sido seleccionados genéticamente. Aunque ojo, hay muchos más gatos de raza en estos refugios de lo que a simple vista parece.

Luego tenemos el factor edad. Los gatitos son preciosos y muy tiernos, pero dependiendo de lo pequeñitos que sean cuando lleguen a casa puede que no sepamos cómo van a ser cuando sean mayores. Todos los gatos de pequeños quieren experimentar, jugar a cazar, jugar a correr, jugar a perseguir… sin que esto tenga que ver con su carácter futuro. Mis dos gatos fueron adoptados de cachorros y han sido juguetones y simpáticos de pequeños, y sin embargo ahora son la noche y el día en el carácter. Que claro, los quiero a los dos tal y como son, pero quizá en un futuro adoptaría un gato adulto, con su carácter ya asentado, sabiendo con qué tipo de “persona gatuna” estoy tratando. Eso es lo bueno de adoptar gatos con dos o tres años: ya sabes qué tipo de carácter tienen. Y si vienen de un refugio ya están socializados, ya sabes si se llevan bien con otros gatos, ya sabes que van a hacer pis en la arena y que no van a llorar cuando se vean solitos de noche en una casa extraña. Recuerdo que  cuando adoptamos al pequeño las noches eran muy largas con el bebé gato llorando porque no estaba su mamá felina, hasta que nos aceptó como su papá y su mamá.

Finalmente y no menos importante, plantéate qué tipo de hogar tienes y quién eres. En un refugio de gatos con el que colaboro me contaron que una señora mayor se enamoró de un gato juguetón e hiperactivo. A la tercera vez que el gato se le agarró del moño para jugar, la señora decidió que lo devolvía al refugio porque era demasiado mayor para ese tipo de animal tan activo. Luego se llevó al clásico “gato alfombra” que no se mueve más que para comer e ir a la arena, y le fue muy bien. Si tienes niños, un gato juguetón pero paciente, que esté acostumbrado a mucho estímulo y que no tenga miedo a nada puede estar bien. Si eres tranquilo y sosegado, un gato como tú te puede ir estupendamente, para sentaros juntos con un buen libro en una fría noche de invierno y disfrutar de vuestra compañía mutua.

Preparando la llegada

No necesitas mucho para la llegada de tu gato. Primero, realizar los trámites necesarios con la persona o personas con las que hayas hablado para acoger a tu nuevo amigo. A veces es necesario papeleo, tanto en gatos comprados como en gatos de refugio. Incluso los refugios hacen cuestionarios y entrevistas previas para asegurarse de que puedes mantener un gato y darle el cariño que necesita.

Si recoges un gato directamente de la calle, lo ideal es que antes de meterlo en casa lo lleves a desparasitar interna y externamente. Esto lo hace un veterinario. También es necesario que le realice una exploración para ver cómo se encuentra de salud. Esto lo hicimos con mi primera gata (que ahora tiene 8 años y fue recogida de la calle teniendo dos o tres meses) y funcionó muy bien, y te ahorra disgustos con el hecho de que el animal de pronto se ponga tan enfermo como para que te dé un buen susto. Si no puedes llevarlo al veterinario porque es de noche o festivo, no pasa nada, mete al gato en casa. Pero si tienes otras mascotas, ponlo en “aislamiento” en una habitación diferente, al menos hasta que te digan que está sano (aunque luego habrá que hacer las presentaciones y hacer que el gato se acostumbre al resto de los animales y viceversa…).

Después de esto necesitarás un cacharro para la comida y otro para el agua. Lo ideal es que sean de cerámica, ya que hay gatos alérgicos al plástico. Si sólo tienes plástico, no pasa nada, lo importante es que tenga un sitio donde comer y beber. No le des leche, los gatos no toleran la leche de vaca. Luego necesitarás una bandeja de arena, pienso especial para gatos (o gatitos, según lo que tengas), arena y una camita para dormir. Aunque el gato luego dormirá en los sitios más insospechados.

Si vives en un sitio alto, como un piso o apartamento, recuerda que los gatos pueden distraerse queriendo cazar una mosca o un pájaro y caer al vacío por ventanas y balcones. Y no siempre salen ilesos. La solución es instalar una malla discreta en balcones, terrazas y ventanas, a la suficiente altura como para que el gato no pueda saltar a través de ellas.

Gatos, enegías y rituales

Al contrario de lo que leí una vez, los wiccanos no usamos gatos en los rituales. Pero sí es cierto que son animales muy curiosos y a veces se acercan en mitad de una de nuestras celebraciones para ver qué estamos haciendo. Se dice que los gatos pueden atravesar los círculos mágicos, igual que los bebés, sin afectar al ritual. También es muy normal que se acerquen a nosotros al vernos muy tranquilos, si estamos meditando por ejemplo.

Son animales muy sensibles a las energías externas y a los cambios sutiles en nosotros y en el hogar. Por eso pueden sentirse atraídos por una celebración o una meditación, ya que les agrada la tranquilidad, al igual que quedarse mirando al vacío en un sitio donde notamos un cambio energético. No todos los gatos son igual de perceptivos, no obstante, y habrá gatos que ni se inmuten. Pero es interesante ver qué despierta la atención del minino cuando se está haciendo algún tipo de actividad espiritual.

Los libros a pies juntillas

Ya he contado varias veces que me crié en un hogar católico y que fui a un colegio de monjas, como muchas otras personas. Pero nunca encontré a Dios en el evangelio del domingo. Mi Dios interior habitaba dentro de mí. Y me di cuenta cuando, en aquel mismo colegio, me hablaron de que alguien había escrito todas aquellas historias que estaban en la Biblia. Todas esas historias habían sido escritas por personas, sí, supuestamente por inspiración divina, pero siempre habían sido personas al fin y al cabo. Las personas se equivocan, es sabido por todos. Así que mi pregunta fue “¿Por qué no iban a equivocarse todos aquellos escritores de la Biblia?”. La lógica era simple: si la palabra es un instrumento humano, por muy divina que sea la inspiración siempre cabe la posibilidad de que al “traducir” esos conceptos al lenguaje humano se perdiera gran parte del mensaje. Así pues, la Biblia debía ser nuestra interpretación de la voluntad divina, pero no la voluntad divina de por sí, sino tamizada por el pensamiento humano.

Tenía 14 años cuando hice esa reflexión. Hoy tengo 32 y sigo estando de acuerdo. Sigo estándolo aunque hago oráculos cuando entro en trance y canalizo divinidades. Soy humana. No somos máquinas de pensar perfectas, ni siquiera canalizando divinidades, porque el cerebro que hace la traducción del lenguaje divino al humano es eso, un ser humano. Y me da miedo cuando veo que se asocia a personas conocidas en el ámbito del Paganismo esa “inspiración divina”.

Pongamos como ejemplo a Gardner. No dejó de ser un señor normal y corriente, hasta donde sé nunca tuvo la intención de ser un gurú, y su interés estuvo en hacer público un culto que, de acuerdo con sus palabras, había estado existiendo desde hacía mucho tiempo. Leo su “Witchcraft Today” y no veo ninguna referencia a que la “Palabra de los Dioses” le esté invistiendo de poderes especiales. Otro caso famoso es mi adorada Doreen Valiente. De igual forma, se dedicó a popularizar la brujería y nunca leí en ninguno de sus libros que dijera que aquello era la Palabra de los Dioses. Scott Cunningham, Buckland, Margot Adler, Starhawk, incluso el Canciller de mi tradición, Donald Lewis-Highcorrell, eran (o son, porque Buckland, Starhawk y Don Lewis siguen vivos) personas normales escribiendo libros sobre un mismo tema apasionante, pero no escribían Biblias con “palabra de Dios”.

Así pues, ¿para qué necesitamos gurús? ¿Por qué hay tanto rechazo hacia las personas que pensamos, reflexionamos y luego compartimos lo que pensamos? ¿Por qué hay necesidad de centrarse en lo que se dice en los libros y no caminar el camino con nuestros propios pies? ¿Desde cuándo nos hemos vuelto tan conformistas y queremos una Biblia que nos diga qué está bien o qué está mal? ¿Tan vulnerables nos sentimos para que necesitemos de un sistema moral estricto y un control férreo de nuestra conducta?

Todas éstas son preguntas que me rondaron la cabeza anoche, viendo un documental dedicado a la Cienciología donde, por cierto, sí buscan un control exhaustivo de la conducta. Para ellos eso está bien y, si les funciona, perfecto. Pero de nuevo, no es para mí. Para un Wiccano, creo que lo que prima es a) ser feliz y b) ser responsable de sus actos. ¿Que nuestra moral es laxa? Sí, pero por eso mismo resulta difícil. Ya dije en su día que ésta no es una religión para borregos, que es necesario tomar las riendas, que aquí no hay gurúes que valgan. ¿Que nadie nos dice qué está bien o mal? Claro, y por eso veo conductas que me chocan dentro de la comunidad, pero como persona y por mi propio bienestar mental tengo que mantener en mi pensamiento que no todos somos iguales, y que las estructuras de valores ajenas no son iguales a las mías. ¿Que todo sería mucho más fácil teniendo “La Verdad Absoluta” escrita en un libro, o una estructura de control férrea y absoluta? Indudablemente. Obedecer y asentir, ésa sería toda nuestra vida. A mí me parece triste porque no es el camino que he elegido en esta vida. Porque prefiero pensar por mí misma.

Y si es tan triste, ¿por qué convertir a Gardner, Buckland y compañía, sin ni siquiera pertenecer a sus tradiciones, en gurúes, si ellos nunca han pretendido serlo? ¿Por qué hacer de un autor una figura divina, si no es lo que quiere ser esa persona? ¿Por qué no pensar por nosotros mismos, imaginar, reflexionar? ¿Para qué obedecer y asentir, si es precisamente de lo que muchos vienen y han  comprobado que no les funciona, incluyéndome a mí misma? ¿Por qué no filosofar? ¿Por qué ese rechazo a quienes decidimos salirnos de lo establecido y decimos que todas esas personas fueron eso, personas, que hicieron algo indudablemente maravilloso, pero que pensamos que debe seguirse investigando? ¿Por qué no reconocer que en esta religión cada uno está en contacto con lo Divino y no necesita intermediarios, ni siquiera aunque admiremos a alguien? ¿Desde cuándo hemos creado una Inquisición Pagana, que dicta que no debemos salirnos de lo escrito por gente que nunca jamás quisieron ser gurúes? ¿Desde cuándo la opinión de unos pocos tiene que frenar el pensamiento que se tiene dentro de la cabeza? ¿Desde cuándo se critica que un pagano piense por sí mismo? Pues desde hace unos meses, parece que a algunos en la comunidad les escuece que pensemos y compartamos lo que pensamos.

Existe un rasgo humano llamado aversión a la desigualdad, que es la base de la envidia en el comportamiento humano. Eso es lo que pasa. Hay envidia de que se piense. Hay envidia de que se reflexione. Hay envidia de que se comunique. Hay envidia, y en vez de pensar por uno mismo intentan criticar a los que nos tomamos 10 minutos de nuestro tiempo para ser nosotros mismos. Porque ellos no pueden ser ellos mismos, por una cuestión de vulnerabilidad, por una cuestión de duda, por una cuestión de inseguridad personal, y no quieren que nadie lo haga. ¿Sabéis que pasa? Que toda esa gente se va a seguir poniendo verde de envidia, porque el resto vamos a seguir usando nuestras cabezas para pensar en lo que nos dé la gana. Sin ser gurúes, siendo simplemente personas. Y no pensamos tomarnos los libros a pies juntillas, porque aquí nunca se ha dicho que en esta religión tengamos libros que nos digan que eso es “Palabra de Dios”, y nadie ha tenido la intención de erigirse en “elegido” por los Dioses.