Dioses entre nosotros

Veo a Isis en mi hija, cuando me mira con sus enormes y profundos ojos grises, en su mirada rasgada, en la magia de su sonrisa.

Veo a Lugh en mi marido, quien es capaz de hacer cualquier cosa con que le den un momento y sin manual de instrucciones.

Veo a Ogmios en uno de mis amigos, siempre dispuesto a escribir, traducir, comunicar y hacer posible que fluya la información.

Veo a Tot en otro amigo, buscando la sabiduría, enamorado de Egipto, apuntando siempre con su excelencia a las estrellas.

Veo a Hécate en mi amiga, enigmática, a ratos esquiva, a ratos oracular, a ratos ambivalente y sobre todo múltiple.

Veo a Démeter en mi madre, embebida en sus quehaceres, preocupada por sus hijos, siempre fértil, siempre activa en todos sus proyectos.

Veo a Hefesto en mi padre, en su frente curtida, en sus manos llenas de callos, en la sabiduría de quien se ha quemado mil veces para aprender su oficio.

Veo a Morrighan en aquella lejana maestra y compañera, siempre dispuesta a la batalla, siempre honorable.

Veo a tantos dioses en tantas personas que pienso en qué vino primero, si las personas o los dioses, si el espíritu o la materia. Las personas que me rodean me inspiran tanto que muchas veces no tengo que ir a los libros de Mitología, ni a los cuentos ni a las leyendas, para que me parezca que lo que veo en ellos es digno de los dioses de antaño a los que venero. Son personas que todos los días viven su propio camino del héroe, del que son protagonistas sin estar en ningún libro. Encuentran a sus propias brujas y princesas, encuentran antagonistas y villanos, y duendes verdes que convierten a los príncipes en sapos. Nadie ha contado sus historias aún, y probablemente nadie las cuente. Morirán de forma anónima, o con el recuerdo de una familia cariñosa para la que, con el tiempo, se convertirán en el eco de un nombre, o en los ojos que alguien heredará por capricho de los genes. O quién sabe, sólo quién sabe, si quizá alguien invente una historia, o una leyenda, o un cuento, en el que su lucha por la vida se convierta en algo que inspire a mucha más gente. Quizá, algún día, ellos mismos sean llamados héroes. O dioses.

El porqué de las cosas número dos

Tenía 25 años, y me encontraba en un bar con una persona muy importante en mi vida: mi padre. El bar daba a la Giralda de Sevilla, así que había mucho guiri* alrededor, y degustábamos unas cervezas en pleno mes de julio. Era, como hoy, el cumpleaños de mi padre.

Estaba atravesando una etapa bastante mala, oscura, incluso aterradora, para qué nos vamos a engañar. Mi padre me preguntó cómo estaba, y le dije la verdad, aunque no quería hablar de ese tema en el día de su cumpleaños. Le dije que estaba mal, que me encontraba triste, que la vida parecía carecer de sentido y que toda mi existencia consistía en dejarme llevar por la corriente. Había dejado de sentir que controlaba mi vida. Le dije que todo eso me había sucedido por una serie de porqués, por una serie de circunstancias, algunas consecuencias de mi comportamiento y otras consecuencias del comportamiento de otras personas.

Entonces mi padre, que es la persona más irreverente y menos solemne que conozco, me miró muy serio con esos ojos de color verde profundo que tiene.

– A veces – me dijo – vemos porqués que son muy evidentes, cosas que saltan a la vista o circunstancias que son las que nos hacen caer. Esos porqués no importan. Lo que de verdad importa es el porqué de las cosas número dos.

Le miré extrañada, y él siguió.

– Es ese porqué que te hace darte cuenta de por qué suceden las cosas en realidad: para hacerte crecer como persona, para hacerte más fuerte y para hacerte darte cuenta de lo afortunada que eres, en el fondo, pese a que ahora lo veas todo negro.

Acto seguido, mi padre se dio la vuelta y, fiel a su estilo, sonrió y gritó a un muchacho con mandil negro al fondo del bar “¡Camarero, otra cervecita!”. Y siguió hablando de las cosas que a él le gustan, como fútbol, marcas de cerveza, juegos de PlayStation y las mandarinas que había comprado en la tienda de debajo de su casa. Así es él, sólo se pone solemne de vez en cuando para que no nos acostumbremos.

Han pasado ocho años desde aquella conversación y hoy vuelvo a recordarla. No porque sólo sea su cumpleaños (felicidades, papi), sino porque con el nacimiento de mi hija han pasado ciertas cosas que me han hecho acordarme del porqué de las cosas número dos cuando ya casi estaba olvidado. Gracias por aquella gran lección.

(*) Turista extranjero, en la modalidad lingüística del castellano que se habla en Sevilla.

Creencias vivas, creencias muertas

margarita-margaritas-flores-de-primavera_121-50157 El otro día eché una mano traduciendo en esta entrevista bilingüe que le hicieron los compañeros del programa de radio online Voces Paganas al Canciller de mi tradición, el Rvdo. Donald Lewis High-Correll. La entrevista es larga, pero creo que merece la pena escucharla aunque sea en pequeñas sesiones. Llegado un momento, el Rvdo. Don comentó algo que le he oído a otros líderes de tradiciones y a otros líderes de coven, considerados “tradicionalistas” en el sentido de que, según algunos, tienen una forma de ver las cosas más inamovible por aquello de que siguen “tradiciones” (el uso de comillas aquí es importante). Él dijo que la Tradición Correlliana está viva y que, como tal, las cosas en ella cambian, se adaptan, la gente mete cosas nuevas y está en constante evolución.

Me alegré mucho cuando oí esto, porque existe esta concepción, bastante arraigada, de que la gente que pertenece a tradiciones no admiten cambios o adiciones en sus prácticas. Y sin embargo, no he conocido eclécticos más eclécticos que algunos hermanos del Arte, especialmente en Europa, que serían considerados por algunos como “tradicionalistas” de la rama más tradicional de todas.

Creo que existe una diferencia entre pertenecer a una tradición y no admitir cambios en la práctica espiritual o la forma en la que se transmite. Lo primero consiste en formar parte de una familia espiritual. Esto puede sonar como un cliché, pero hay que llamar a las cosas por su nombre y en muchas tradiciones tu iniciador es, en cierto modo, como tu padre. Se dice que un mismo sumo sacerdote puede dar diferente instrucción a diferentes personas, porque su práctica y él mismo van variando a lo largo de los años, de la misma manera que tus padres no te educaron exactamente igual a ti que a tu hermano o hermana. De igual forma, las tradiciones van cambiando porque de las reuniones de las personas surgen ideas, y de las ideas surgen cambios. Puedo decir de memoria no menos de cinco directrices de mi tradición que han variado en mayor o menor medida a lo largo de estos 13 años que llevo siendo parte de ella. Algunas incluso han afectado a la forma en la que hemos dado esas instrucciones a nuestros iniciados. La mayor parte de las tradiciones que conozco, incluyendo a las de BTW, han pasado por procesos de reajuste interno similares, debido a que la supervivencia de los seres humanos (y por ende, de sus grupos sociales) estriba en su capacidad para adaptarse al medio y a las situaciones. La realidad social está en un sutil pero constante cambio.

No admitir cambios, por el contrario, supone la extinción o la muerte de la creencia. Y desde mi punto de vista, pertenecer a una no consiste en preservar intactas determinadas prácticas, puesto que en cuanto la realidad social cambia, se pueden ver fácilmente fuera de contexto; más con los tiempos tan rápidos que vivimos. Pertenecer a una tradición, para mí, consiste más bien en hacer nuestros una serie de ideales que pertenecen a un colectivo, ser parte de una familia o un grupo y, sólo a veces, transmitirlos, con las adiciones que nosotros consideramos importantes. Curiosamente, muchos de los añadidos que yo he transmitido a mis iniciados, las he visto en iniciados de otras personas, lo que me hace pensar que quizá todos nos ponemos bastante de acuerdo a la hora de adaptar las tradiciones a nuestra realidad social. Esto es lo que diferencia a una creencia viva, orgánica, adaptable y en movimiento, de una creencia muerta.

Podéis escuchar la entrevista al Rvdo. Don aquí: http://www.blogtalkradio.com/witchschool/2015/07/05/ptrn-voces-paganas-en-espanol-pagan-voices-lord-donald-lewis-highcorrell

Relato de una devoción con Inanna

Esfinge_pAún recuerdo, hace bastantes años ya, un día de Solsticio de verano en el que celebré mi iniciación en primer grado. Estaba en mitad del campo, de cerca me cuidaban dos buenos amigos con los que tenía un coven. Dicen que pasó cerca un coche, luego un avión y luego un tren, pero no me enteré de nada. Porque, por primera vez en mi vida, estaba en trance. En mi estado alterado de conciencia, todo lo que era capaz de ver estaba dentro de mi mente, o quizá en otro plano. Mi conciencia se encontró de pronto delante de un zigurat. Subí por sus escaleras aunque no tenía pies, y al llegar al Templo que lo coronaba, me encontré con una esfinge que decoraba la entrada. Dicen que la esfinge pregunta cosas, pero en mi visión ésta permaneció silente. Recuerdo pensar que la cara era femenina, y que se parecía a mi madre.

Lo que no me esperaba era que lo que vivía dentro del Templo fuera a salir a recibirme: una figura humanoide femenina que caminaba en mi dirección, lentamente, vestida con un velo tan fino como espuma. Sus ojos eran grandes y rasgados, ahora negros, ahora verdes. Su piel cambiaba, ahora eran escamas de pez, ahora eran plumas, ahora era una piel fina, como de alabastro, otras veces de ébano. En mi mente sonó un coro de voces que se superponían y se hacían más fuertes conforme la figura se acercaba. El mensaje que decían, nunca lo olvidaré. Cuando llegó a mi altura, y casi volviéndome loca por escuchar aquel canon de voces discordantes en mi mente, salí del trance. Mis amigos se habían extrañado de que no diera señales de vida con el tren, el avión y el coche que habían pasado cerca, y decidieron interrumpir el ritual por si no me encontraba bien.

Pasó el tiempo. Dormía, era una de esas siestas de verano, hace unos años. Todavía vivía en la Sevilla que me vio nacer, aunque en un punto bastante alejado de mi barrio de toda la vida. Me había ido a vivir con mi novio (que ahora es mi marido) un año antes. Tenía un trabajo extenuante y muy desagradecido, estaba bastante apartada del Paganismo activo y, por qué no decirlo, también del culto en general. Como veis, estas cosas nos pueden pasar a todos.

Entonces soñé. Estaba en mi casa de toda la vida, donde me crié, había una vieja en el centro del salón con un caldero cuyo contenido bullía. A su espalda, una escalera hacia abajo. Sabía que esa escalera no estaba en mi casa. Bajé por ella y encontré una esfinge como la que había visto en el zigurat, el día de mi iniciación. En el centro de la habitación, profusamente decorada, un lecho de color rojo oscuro. Al fondo, una mujer joven. Posiblemente la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Se acercó a mí hablando en un idioma que no conocía, y sólo dije que no con la cabeza. Noté cómo cambió de idioma, volvió a intentarlo mientras se acercaba, y volví a negar con la cabeza. Lo volvió a intentar una tercera vez, y volví a decir que no, porque no podía entenderla.

En ese momento llegó a estar frente a frente a mí, con su pelo largo y negro, sus ojos almendrados y su piel tostada, y me dijo al oído “At last*”, como si por fin hubiera encontrado un idioma en el que hablarme y que le entendiera. O como si por fin estuviéramos frente a frente. O todo a la vez. Entonces me besó en la boca. El beso más húmedo y erótico que me han dado en mi vida, y fue en un sueño. Un beso de tornillo en toda regla.

Desperté entonces y supe que tenía que averiguar más sobre aquella mujer. Todos mis pasos me llevaron a Babilonia, a los zigurats y a las esfinges. De ahí, a Ishtar y, poco tiempo después, a Inanna. Años después escuché una canción que decía lo mismo que yo había escuchado en mi cabeza el día de mi iniciación, al parecer da los mismos mensajes a diferentes devotos por todo el mundo.

Desde entonces soy devota de Inanna. Y todavía me sonrojo si pienso en su beso.

(*) En inglés, por fin.

Puedes escuchar el programa “Mitos y Leyendas” dedicado al descenso de Inanna en el que participé hace poco, haciendo click aquí: http://www.blogtalkradio.com/ptrnenespanol/2015/07/01/mitos-y-leyendas–el-descenso-de-inanna

El Ego (no es lo mismo que ser egoísta)

15-EL-DIABLOHace unos años comenté con alguien lo mucho que me gustaba un tercero como persona, lo mucho que valoraba su trabajo y lo estupendo que me parecía. Ella me contestó “ya, pero tiene muchos ego trips” (algo así como que tenía momentazos en los que alimentaba su ego). La contestación me dejó un poco fría, porque yo no consideraba que esa tercera persona fuera con grandes ínfulas por la vida, simplemente me parecía alguien trabajador y con ganas de hacer cosas, sin demasiadas alharacas. ¿Dónde estaba el Ego en eso? ¿Qué había de ganas de inflar su ego en el hecho de trabajar y hacerlo dándolo todo? A partir de aquello, siempre he pensado en el tema del ego como algo importante, sobre todo porque se tiene mucho en la boca en el ámbito del paganismo y con el uso masivo de las redes.

Mucha gente en mi entorno dice lo que hace, yo incluida, y comparte estampas de su vida, ya sea en fotografía o por escrito, más con las redes sociales. Creo que decir lo que se hace o publicar una foto no siempre es publicitarse como podría llegar a pensar la persona que me soltó lo del ego trip, creo que es intentar conectar con otra gente. Lo que ocurre es que las redes sociales han convertido nuestras vidas en escaparates, ya sea con fines totalmente inocuos como compartir con los amigos y la familia, o realmente usarlas como una herramienta para publicitarse. De ahí que, cuando alguien dice lo que hace surge ese pensamiento de escasez, endémico de nuestra sociedad: el “yo no lo tengo o yo no lo hago pero él sí lo tiene o lo hace, por tanto lo quiero”. Lamentablemente, vivimos en una sociedad que se basa en la creación de necesidades, así que  también es una sociedad bastante dada a las envidias, a necesitar lo que los demás tienen, en lugar de buscar un camino propio: el del placer de hacer lo que a uno le gusta, sin importarle la imagen que se dará ante los demás.

Esto me parece triste, porque he visto a personas estupendas ser tildadas de tener un gran Ego por hacer algo y querer compartir las cosas que han hecho. O de hacer cosas con el único fin de inflar su Ego mediante la aprobación externa. Así pues, cuando alguien me habla del Ego de un tercero, no puedo evitar pensar “¿Ego suyo, o envidia tuya?”.

El Ego como herramienta

Creo que existe un abuso tan grande del término Ego que hemos perdido el concepto que tiene detrás. Ego significaba Yo en latín. Todos tenemos un Yo, es inevitable. Por tanto, varias corrientes de la Psicología han usado el término Ego para ilustrar una parte del individuo (que me perdonen los psicólogos por una definición tan burda). Es importante matizar que no existe, en principio, una demonización del Ego. Lo que ocurre es que se utiliza el prefijo latino ego- en palabras con una connotación bastante negativa, por ejemplo egoísta o egocéntrico, de ahí que lo que unos toman como una parte de nosotros mismos, los otros lo han acercado a la connotación negativa que tienen esas palabras en nuestra cultura. Pero de ahí a que la palabra Ego en sí sea negativa hay un gran trecho.

Siempre digo del Ego, del Yo, que creo que es como un martillo: lo usas cuando necesitas clavar un clavo, pero no vas dando martillazos en la cabeza a los demás. Soy de la opinión de que una reafirmación del Ego sirve para cosas como reafirmarse uno mismo, seguir adelante en momentos difíciles, no achantarse ante los problemas, etc. Veo un paralelismo entre ese concepto del Yo y lo que se ha denominado muchas veces Amor Propio o voluntad para hacer frente a los problemas u obstáculos. Sin embargo, como todo, la auto-afirmación también puede llevarnos a ser esclavos de nuestro propio Yo. Ésa sería, desde mi punto de vista, la parte negativa de realzar nuestro Ego.

No he escuchado que el Ego sea un problema a ser suprimido en las religiones paganas, aunque se le mencione mucho en términos coloquiales ajenos a las creencias que seguimos. En las religiones orientales, en cambio, sí es objeto de discusión, y creo que por ahí viene la confusión de muchos paganos con el tema del Ego. Creo que el concepto oriental y el concepto occidental del término son completamente diferentes, y a veces usamos los términos orientales sin saber muy bien a qué se refieren esas creencias que nos son ajenas, copiamos las meditaciones para controlar o suprimir el Ego sin saber muy bien cuál es el objetivo en las creencias y prácticas en las que éstas surgen, y acabamos haciendo un mejunje que me parece muy raro y que, sobre todo, no casa con la ideología de la cultura en la que nos han educado a la mayoría.

Como no pertenezco a ninguna cultura oriental, no hablaré aquí del concepto oriental del Ego. Hacerlo sería un ejercicio de osada ignorancia, y seguro que hay personas más versadas en el concepto del Ego de las culturas orientales ahí fuera. Sin embargo, puedo hablar más o menos de la simbología del Ego en la simbología occidental, principalmente en el Tarot que es el campo que conozco.

El Diablo en el Tarot como Ego

Los paganos no creemos en el Diablo, y sin embargo el Diablo está presente en la mayor parte de mazos de Tarot. A mi entender, el Diablo del Tarot es ese Ego desbocado. Es algo de ti mismo que te esclaviza, que no te deja ser tú mismo. No es hacer cosas para sentirte bien, porque tienes todo el derecho a ello (un pensamiento que, por cierto, algunos considerarían egoísta en nuestra sociedad), es que sin determinadas cosas no tengas forma alguna de sentirte bien o completo en ti mismo.

El Diablo habla de adicciones y de auto-indulgencias. Pensemos en cualquier medicamento para calmar un dolor muscular. Sirve mientras tienes el problema, pero si continúas con el tratamiento después, te puede generar una adicción, una esclavitud. Por tanto, te conviertes en esclavo de ese medicamento. Me parece que el Ego es parecido en ese sentido. Sirve cuando necesitas dar un figurado golpe en la mesa, no diluirte en las opiniones de los demás, buscar tu propio camino, y un larguísimo etcétera, pero a veces, cuando se saca demasiado a pasear, se puede llegar a usar fuera de contexto y acabar siendo más un grillete que a uno le fastidie sus relaciones personales que una herramienta necesaria para ciertas ocasiones.

Una persona puede ser un estupendo músico y amar lo que hace. Pero si toca por el placer del aplauso y no puede vivir sin él, si deja de importarle su amor por la música y sólo lo hace por el reconocimiento, será feliz mientras tenga esa fama y ese reconocimiento. En cuanto la fama (que es una mala amante, porque es muy volátil), algo externo, se vaya, dejará de ser feliz. En cambio, si su felicidad se basa en hacer lo que le gusta, en encontrar en sí mismo esa felicidad de tocar su instrumento o expresarse mediante la música, poco le importará ser más o menos famoso mientras su arte y hacer lo que le gusta le permita ganarse la vida. Un saludo desde aquí a todos los músicos que luchan por llegar a fin de mes, que son muchos y trabajan muy duro.

Lo que me parece más interesante del Diablo, al igual que lo interesante del sobre-uso de la exposición del Ego (o de uno mismo), es que el grillete es ilusorio. Las personas que están atadas a ese Diablo del mazo de tarot tienen el espacio suficiente en sus cadenas y grilletes como para poder quitarse el vicio cuando ellos quieran, sólo que no se dan cuenta. Basta con actuar desde el corazón, creo yo, desde el principio egoísta (¡sí, egoísta! Voy a reivindicar el término egoísta como algo positivo) de que se hacen las cosas para que nos sintamos bien con nosotros mismos y de las que no seamos esclavos, sino que nos permitan ser libres y felices, sin buscar el reconocimiento por nuestras acciones y trabajos, sino por el placer de hacer lo que nos haga felices. Obviamente, esto requiere un gran equilibrio en los tiempos que corren pero, como siempre, creo que merece la pena intentarlo.

A la persona que me hizo el comentario hace años sobre aquella tercera persona, y de la que hablaba al principio, si la tuviera delante ahora le diría que basta con que alguien actúe desde el corazón, y no por lograr el reconocimiento ajeno, para que no se considere que está teniendo un ego trip, sino un camino de auto-conocimiento a través de las cosas que le hacen verdaderamente feliz. Creo que ése es el quid de la cuestión, pero claro, como siempre, ésta es mi opinión.

PD: Considero que los caminos espirituales son egoístas por definición, en tanto que los recorremos por y para nosotros. Por tanto, el egoísmo no siempre es negativo. Esa connotación es judeocristiana. A la próxima diva-sacerdotisa (o divo-sacerdote) que me diga que por buscar mi felicidad y no “servir” a todo el que me cruce por delante soy una mala pagana, la voy a mandar al guano.

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